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El Tío que Robó Mi Corazón romance Capítulo 338

A la hora de la cena, Carolina anunció la noticia frente a todos.

Alexis entrecerró los ojos, observando a la pareja del otro lado de la mesa, buscando en sus expresiones algún indicio de desacuerdo.

Pero Mauro, con la mano colgando despreocupadamente sobre el respaldo de la silla de Carolina, le devolvió la mirada con cierto desafío, como retándolo a seguir buscando.

Ambos hombres se midieron en silencio, ninguno dispuesto a ceder terreno.

Petra sí que se sorprendió al enterarse. Parecía que a las consentidas de la familia les daban rienda suelta para hacer lo que quisieran.

—Vaya, después de un año sin estar aquí, todavía se te ocurre largarte otra vez —pensó Petra, en silencio.

Se preguntó, ¿qué pasaría si al regresar Mauro ya tuviera a otra mujer? Carolina sí que tenía confianza, o de plano le daba igual.

Aunque, a fin de cuentas, ese no era problema suyo.

—Ay, cómo me das envidia, Carolina —soltó Petra, fingiendo una sonrisa—. Mira, tú que si quieres irte al extranjero, te vas, así nomás. Y la mía, que ya ni puede regresar a casa.

—De verdad que la diferencia entre las personas es enorme, ¿no creen?

Mauro apretó los labios con una sonrisa desdeñosa.

—Tía, pues deberías irte tú también, así podrías ver a tu hija todos los días. O si no, en la próxima vida que le toque a tu hija una familia que valga la pena y que le sirva la cabeza, ¿qué opinas?

La cara de Petra se tornó roja. No le salían palabras.

Tadeo frunció el ceño.

—Ya, ya, suficiente, ¿no? Ustedes también, dejen de decir esas cosas.

Aunque le fastidiaron los comentarios de su hermano, al final reconocía que había sido Petra quien empezó.

—Carolina, cuídate mucho allá afuera. Mauro, mándale a alguien de confianza para que la cuide, porque la seguridad allá no es como aquí.

Carolina sonrió despreocupada.

—No te preocupes, hermano. No necesito trato especial, gracias. Me las arreglo bien sola.

—Mira, cada año se van muchísimos estudiantes, y si ellos pueden, yo igual.

...

La noche antes de partir, Mauro la abrazó por la cintura, negándose a soltarla por horas.

Fue como si ambos se desbordaran, dejando que el deseo los arrastrara una y otra vez, como si quisieran grabarse el uno en el otro para siempre.

Cuando por fin estuvieron por quedarse dormidos, Mauro, aún aferrado a ella, murmuró:

—¿Y si allá te encuentras con alguien más alto, más guapo, más rico que yo, te vas a ir con él?

Carolina, con los párpados tan pesados que apenas podía abrirlos, respondió entre suspiros:

—...No.

Pero Mauro insistió, sin querer soltar el tema.

—¿En serio no te irías?

—No —contestó Carolina, ya fastidiada, y le dio un mordisco juguetón en el hombro.

—En este mundo no hay nadie más alto, ni más guapo, ni con más dinero que tú. Mauro, yo sólo te quiero a ti.

Apenas terminó de hablar, Mauro sintió cómo se le humedecían los ojos.

Cuando al fin empezó a amanecer, él la soltó.

Su voz sonaba dominante, pero también se notaba el dolor de la despedida.

Carolina escondió la cara en su cuello y asintió con fuerza.

—Sí, lo haré. Tú también cuídate. Y no se te ocurra mirar a otra chica, ¿me oíste?

Mauro soltó una risa baja.

—No miro a nadie más.

Todos sabían que en sus ojos sólo había espacio para ella.

Carolina pensó que Mauro la acompañaría al aeropuerto, pero él sólo le acomodó la ropa y la ayudó a subirse de nuevo al carro.

El corazón de Carolina se apretó. Ese hombre sí que podía ser cruel cuando quería.

Ya en el avión, Carolina miró por la ventanilla, despidiéndose de esa tierra en la que había vivido veintiséis años.

Sebastián, de pie junto a la pista, observó el avión elevarse. Después, se volvió hacia Mauro.

—Señor, ¿por qué no quiso que la señora supiera que vino?

La mirada de Mauro se perdió a lo lejos.

—Porque no quería que le costara más despedirse.

Y porque temía arrepentirse.

Temía no poder resistir las ganas de retenerla a su lado.

—Vámonos, ya es hora de regresar.

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