Restaurante del hotel.
Carolina miraba a Fausto Ávila con una emoción que no podía ocultar.
—Fausto, ¿qué haces de regreso al país? —preguntó con una sonrisa radiante.
Fausto le devolvió una sonrisa tranquila, casi distraída.
—Sólo vine a dar una vuelta. Voy a quedarme un mes y después me voy.
La familia Ávila era la verdadera familia de Carolina, su único lazo de sangre y cercanía.
Por eso, verla tan contenta por la llegada de Fausto resultaba natural.
Pero esa alegría no se extendía a Mauro, quien se sentía fastidiado ante la interrupción de su tiempo a solas con su esposa.
Mauro apretó los labios, conteniendo su molestia.
—¿A dónde quieres ir, Fausto? Si quieres, puedo conseguirte un guía y organizarte algunos paseos.
Fausto no era ningún ingenuo. Detectó de inmediato el ligero rechazo en la actitud de Mauro y decidió seguirle el juego con un tono burlón.
—No te preocupes, un guía siempre será un extraño, no tiene chiste. Prefiero que tú me acompañes cuando tengas tiempo, Carolina.
Mauro, por un instante, se quedó sin palabras.
Pero su esposa, inocente y sin darse cuenta de la tensión, aceptó de inmediato:
—¡Claro! Justo estoy pensando en tomar mis vacaciones. Cuando termine de planear todo, te llevo a conocer los alrededores.
Mauro tosió un par de veces, como si se atragantara con su propio orgullo.
—Yo también tengo tiempo, los acompaño.
—¿Seguro? No quisiera quitarte tiempo, Mauro. Sé que estás muy ocupado —reviró Fausto, con una sonrisa maliciosa.
—No pasa nada. Así quedamos.
Carolina notó el tono seco de Mauro y lo miró con reproche.
—Tú ve a trabajar, yo puedo acompañar a Fausto.
...
De regreso en el carro, Carolina iba inflada de coraje.
—¿Por qué le hablaste así a Fausto? ¡Parecía que querías pelear!
Mauro mantenía la vista al frente, los labios apretados, sin decir una palabra.
—¡Habla, Mauro! —insistió Carolina, cruzada de brazos.
Él, serio y sin apartar la mirada del camino, contestó:
—Tus vacaciones eran para nuestra luna de miel.
Cada palabra sonaba dura, cargada de una mezcla de frustración y tristeza.
Carolina no supo qué responder. Después de la boda, Mauro le había propuesto irse de luna de miel, pero ella había rechazado la idea. No es que no quisiera, sólo que las cosas se complicaron. Entre problemas familiares, juicios, reuniones y la presión de los últimos días, la vida se le escapó de las manos.
...
Por otro lado, Mónica y Joel ya estaban de regreso en casa.
Mónica había extendido todos los sobres con regalos sobre la mesa y, uno por uno, fue abriéndolos para ver cuánto les habían regalado.
Joel se acercó, revolviéndole el cabello con cariño.
—Eres una pequeña interesada.
—¡No me despeines! —protestó Mónica, inflando las mejillas.
Cuando sólo quedaba una caja de regalo, casi se le olvida que estaba ahí.
Al abrirla, vio un cuadro con una puesta de sol que la dejó inmóvil, como si algo dentro de ella se removiera.
—¿Qué es eso? —preguntó Joel, curioso.
Mónica cerró la caja de golpe, nerviosa, como si quisiera ocultar algo.
—Nada importante... No sé quién dejó un cuadro como regalo.
Joel entrecerró los ojos, notando que la expresión de Mónica había cambiado.
—¿Puedo verlo? ¿De qué se trata?
Los ojos de Mónica brillaron, pero intentó disimular.
—No vale la pena, es sólo un cuadro —respondió, evitando su mirada.

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