Mauro llevaba en la mano la ropa que Carolina había escondido en la cajuela del carro.
Ella retrocedió, nerviosa.
—¿Tú... tú qué quieres hacer?
El cabello negro de Mauro caía suave sobre su frente, dándole un aire mucho más tranquilo que durante el día, pero en sus ojos había un brillo extraño, casi hipnótico.
—Dime, esposa, ¿tú qué crees?
—Los expertos dicen que dormir con el estómago lleno no es bueno para la salud. Así que...
Se pasó la lengua por los labios, incapaz de contenerse.
—Mejor hagamos un poco de ejercicio.
Carolina acababa de enjuagarse la boca y Mauro pudo saborear el toque cítrico en sus labios, como de naranja fresca.
Ese aroma suave, mezclado con el dulzor natural de su piel, lo envolvió. Aspiró hondo un par de veces.
El beso se volvió más intenso.
...
Al día siguiente, Carolina despertó con la voz de Mauro.
La noche anterior, pensó que todo sería mucho más intenso, pero para su sorpresa, él se mostró paciente y cariñoso; después de una sola vez, la dejó descansar.
Al final, no estuvo tan mal. Hasta parecía que él tenía corazón.
La ropa especial de la noche anterior no terminó rasgada, solo un poco arrugada, aún podía usarse.
Carolina lo miró con picardía, tratando de molestarlo.
—Ya que te gusta tanto verme con esto, hoy me lo llevo puesto a la oficina.
Mauro se acercó, presionando los labios y de repente, —¡rasg!—, de un tirón abrió la camisa ajustada por el frente, partiéndola en dos.
—Mejor ponte otra cosa. Esta ya no sirve. Esa ropa solo me la puedes mostrar a mí.
Carolina extendió la mano.
—Me salió cara, ¿vas a pagarme?
—Sra. Regina, no piense así. Todavía queda mucho camino por delante.
Sentía que sus palabras de consuelo eran insuficientes, vacías.
Había visto demasiadas situaciones como esta, de gente en el fondo, luchando por sobrevivir. Ojalá esta vez sí pudiera ayudar de verdad.
Buscó al médico principal y, luego de una charla, logró averiguar que el otorrinolaringólogo que trataba a su cliente en realidad no pertenecía formalmente al hospital; era más bien como un externo contratado por el área, casi como si el servicio estuviera subarrendado.
Y la cosa iba peor: el hospital ni siquiera tenía su licencia renovada, y para colmo, Carolina descubrió que la cédula profesional del doctor había sido revocada.
¡Alguien sin licencia seguía atendiendo pacientes! Eso ya era ejercer la medicina de forma ilegal.
Por la mañana, Carolina fue con Regina al departamento de control médico, donde ajustó la denuncia antes de regresar a la clínica.
Al llegar, el subdirector la recibió con tono inquisitivo.
—¿Usted es familiar del paciente?
Regina, con los ojos rojos, iba a responder, pero Carolina le apretó la mano, indicándole que no dijera nada.
—Alberto es mi primo. ¿Por qué? ¿Acaso necesito permiso de ustedes para visitar a mi primo?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Tío que Robó Mi Corazón