—¡Mauro, eres un pervertido!
Mauro soltó una risa ahogada.
—Sí, soy un pervertido.
—Pero amor, tú lo prometiste.
Carolina pensó en el conjunto que había dejado en el carro y, sumado al que él acababa de comprar, ya eran dos. Se le subieron los colores al rostro mientras lo echaba del baño con apuro.
No sabía si Mauro lo hacía a propósito, pero vaya que escogió el más pequeño, ceñido a cada curva de su cuerpo. Al mirarse en el espejo del baño, sentía la boca seca y el corazón desbocado.
Ese conjunto era demasiado atrevido, incluso más que el que ella había elegido.
Carolina echó su larga cabellera hacia adelante, tratando de cubrirse un poco para verse más “normal”.
La falda era tan corta que apenas y tapaba el inicio de los muslos.
—Amor, ¿ya terminaste de vestirte?
Los ojos de Carolina, llenos de vida y brillo, parpadearon varias veces.
—Sí, ya está.
Apenas se abrió la puerta del baño, Mauro no pudo evitar tragar saliva. Las líneas de su cuello se marcaron, y la intensidad en su mirada subió de tono, como si las palabras se le quedaran atoradas entre los labios.
Con voz profunda, como si acabara de beber, Mauro murmuró:
—Amor, te ves preciosa.
Carolina apartó la mirada, incómoda. Esa manera en que él la miraba podía derretir hasta el hielo.
Mauro la sujetó por la cintura y la atrajo para sentarla sobre sus piernas.
—Señorita Carolina, ¿acaso se vistió así solo para provocarme?
Carolina lo miró sin palabras.
¡Por Dios! ¡Si esa ropa la había comprado él!
La mano grande de Mauro recorrió su mejilla, bajando hasta el cuello. El tacto la hizo estremecerse, y una corriente eléctrica corrió por su espalda.
Sus dedos, largos y bien marcados, se detuvieron en los botones de la camisa.
Mauro acercó su rostro a su cuello, respiró hondo y dejó que sus dedos se deslizaran entre los botones.
—¡Zas!— Los botones salieron volando.
Con una media sonrisa, Mauro le dijo:
—Señorita Carolina, tu ropa no es de buena calidad. Déjame ayudarte.
...
Carolina sintió que pasaba la noche flotando, como si las olas del mar la arrastraran sin dejarla tocar el piso. El sonido del oleaje retumbaba en sus oídos y la hacía temblar entera.
Solo cuando la luz del amanecer asomó por la ventana, Carolina cayó en un sueño profundo.
Hugo la despidió con la mano, sintiendo por un momento que era como su hija. Recordó cuando ella llegó sin saber nada y ahora podía encargarse de todo sola.
Eso le llenaba de orgullo.
Apenas salió del edificio, recibió una llamada de Mauro.
—Amor, ¿estás cansada? ¿Voy por ti?
Carolina rodó los ojos.
—¿Que si estoy cansada? ¿No se te hace obvio?
¡Si era culpa suya que estuviera tan agotada!
Carolina jamás imaginó que Mauro no solo compraría esa ropa, sino que además había pedido por internet unos condones tamaño gigante.
¿Eso de “tengo hambre”? Para ella, él estaba loco.
—Mauro, te agendé una cita con el doctor de siempre. Mañana tienes que ir.
Mauro no entendía nada.
—¿Por qué? ¿Acaso estoy enfermo?
Carolina soltó una carcajada.
—¡Estar insatisfecho también es una enfermedad!

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