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El Tío que Robó Mi Corazón romance Capítulo 275

Justo en ese momento, Mauro regresó a casa.

Apenas cruzó la entrada, divisó la silueta de Pablo.

—Suegro, ¿por qué no avisó que venía antes? Así habría pedido al chef que preparara algo más especial.

Pablo soltó una risa incómoda.

—Eh, pues fue porque de pronto me dieron ganas de ver a Carito, por eso me vine.

Sabía perfectamente que Mauro no estaba molesto por no haberlo atendido bien, sino que estaba lanzando una indirecta: le molestaba que llegara sin avisar. Pablo lo captó sin problemas.

—Mauro, entonces, tengo pendientes por hacer, mejor me voy.

Tal como esperaba, Mauro no hizo nada por retenerlo. Solo respondió en tono indiferente:

—Cuando tenga tiempo, vuelva a visitarnos.

Antes de que Pablo cruzara la puerta, Mauro añadió:

—Por cierto, suegro, el asunto de la colaboración que habíamos platicado… quizá debamos pensarlo mejor. Cuando lo tenga claro, hable con mi asistente.

La sonrisa de Pablo se congeló en su cara.

Entendió el mensaje a la perfección. Si no tomaba partido correctamente, Mauro no volvería a ayudar a su empresa.

—Claro, claro, Carito es mi hija, siempre voy a ponerla primero.

Ya no dijo más y se marchó apresurado, sin mirar atrás.

...

Carolina, que había presenciado toda la escena, se mordió los labios.

—¿De verdad quieres ayudarlo?

Mauro le respondió con una media sonrisa:

—Puedo comprar la empresa y dártela. Así, tu papá trabajaría para ti, ¿qué opinas?

Pero Carolina negó con la cabeza, sin titubear.

—No quiero eso.

Los ojos de Mauro brillaron con un destello curioso.

—¿Entonces qué te gustaría?

Carolina levantó la vista, sus palabras cargadas de una calma helada:

—Quiero que vea cómo su empresa se va a la quiebra. Que se quede en bancarrota.

—Perfecto. Lo que tú digas.

En ese instante, Carolina recordó lo que Mónica le había dicho: él siempre accedía a todo lo que ella pedía, sin dudar. Si ella no preguntaba, él tampoco insistía, simplemente la apoyaba en silencio.

Carolina lo jaló de la mano y lo hizo sentarse a su lado.

—¿Por qué nunca me preguntas por qué hago las cosas?

Mauro soltó una risa baja.

El dinero de los regalos de la boda seguía guardado bajo llave en la caja fuerte. Habían pasado varios días llenos de pendientes, y hasta ahora Carolina por fin podía sentarse a revisarlo.

Mauro se lo había dejado claro: ese dinero era todo suyo, podía hacer con él lo que quisiera.

Carolina tampoco se anduvo con rodeos.

La mayoría de los invitados había dado efectivo, aunque algunos prefirieron entregar tarjetas.

Mientras revisaba la lista de regalos y el dinero, Carolina se llevó una sorpresa: la suma total superaba los diez millones de pesos.

Entre todos los obsequios, había una tarjeta negra sin nombre, solo con un apellido: Ávila.

Carolina repasó mentalmente la lista de invitados, pero no recordaba a nadie con ese apellido.

Tomó la tarjeta, leyó el número secreto escrito en el reverso y fue al banco a consultar el saldo.

Al ver la cifra, se quedó boquiabierta.

La cantidad en esa tarjeta era de nueve cifras, mucho más que todo el resto de los regalos juntos.

¿Sería posible que el señor Benjamín hubiera metido esa tarjeta de contrabando?

Con el corazón acelerado, Carolina guardó la tarjeta, inquieta, y fue directo a Grupo Loza.

Al llegar, se dio cuenta de que tal vez no era el mejor momento para presentarse.

Justo estaba por llamarle a Mauro cuando se cruzó con Gonzalo.

—Señora… —Gonzalo se detuvo en seco al notar las miradas curiosas de los empleados que pasaban cerca, y corrigió de inmediato—. Abogada Carolina, qué gusto verla. Venga, suba conmigo.

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