Chase no había dicho ni una palabra sobre su destino y el pasillo por el que la guiaba le resultaba desconocido. ¿Sería parte del ala administrativa? Quizás alguna zona del edificio de secretaría, uno en el que apenas había tenido motivos para poner un pie hasta ahora.
—Bienvenida a mi escondite —dijo Chase con una sonrisa mientras abría la última puerta del quinto piso del edificio administrativo donde trabajaba.
—Guau —suspiró Althea, genuinamente impresionada.
—Aquí es donde suelo venir a despejarme. ¿Qué te parece?
Aunque afuera el sol del mediodía era abrasador, la azotea donde se encontraban se sentía fresca y sombreada. La mayor parte del espacio estaba cubierta por un techo de metal ligero, con enredaderas y macetas meticulosamente ordenadas que bordeaban las orillas.
Había algunas mesas de madera y sillas de mimbre dispuestas como una pequeña y humilde sala de estar; simple, pero reconfortante. No era solo una azotea. Era el refugio personal de Chase, un espacio que había creado intencionalmente para escapar del ajetreo del día, para pensar o para tomar un café cuando sentía que todo lo abrumaba.
—¿Cómo se supone que describa un lugar tan hermoso? —murmuró Althea mientras se ponía cómoda. Al mismo tiempo, Chase le entregó la taza de café que había preparado para su conversación de mediodía—. Gracias —añadió en voz baja.
Se sentaron frente a frente. Chase no la apresuró; esperó, dándole espacio para hablar cuando estuviera lista.
—Nunca he pensado en dejar esta escuela, Chase. Ni una sola vez —dijo Althea con una voz suave y pesada—. Este lugar se siente como un segundo hogar. Es donde puedo ser yo misma. Hago lo que amo, sin demasiadas interrupciones, y he recibido mucho apoyo y amabilidad aquí —Su mirada cayó sobre su regazo—. Es solo que... alguien de mi pasado regresó —Exhaló con voz temblorosa—. Aunque todavía no lo he visto en persona, Dios, en serio espero no tener que hacerlo.
Chase arrugó la frente ligeramente, confundido pero en silencio. No quería interrumpir, así que se limitó a esperar.
—Daven Callister —dijo Althea al fin, en un susurro apenas audible—. Lo conocí hace siete años. Y nuestra relación... fue complicada, por decir lo menos.
Chase parpadeó con incredulidad. Ese nombre. El hombre que ella acababa de mencionar lo había conocido hace poco. El mismo hombre que había mostrado interés en la educación y las causas sociales... el mismo que estuvo en el palacio municipal y ayudó a Josh, ¿en serio era ese?
No podía estar equivocado. Una figura como Daven Callister no se olvidaba fácilmente. Especialmente en una ciudad como Aethelis, donde su influencia era enorme.

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