—¿En serio estás bien? —Chase se agachó un poco para mirar a Josh a los ojos, necesitando confirmar una vez más que las heridas del niño hubieran sido tratadas correctamente.
—Sí —respondió Josh con su alegría de siempre—. El señor Daven me curó.
Chase suspiró largo. Sinceramente, casi se le sale el corazón cuando uno de los empleados le informó que Josh había desaparecido. Y cuando llamó a Lydia, ella estaba sumida en un pánico, desesperada porque no lo encontraban por ninguna parte.
—En serio agradezco mucho su ayuda, señor Daven —dijo Chase con sinceridad.
—No fue ninguna molestia —respondió Daven mientras pasaba su mano con suavidad por la cabeza de Josh—. Casualmente estaba cerca cuando se cayó.
—¿Le diste las gracias, Josh? —preguntó Chase con tono suave pero firme—. Tenemos que buscar a tu tía y a tu mamá. Han estado muy preocupadas.
—¿Mami está aquí? —La cara de Josh se iluminó.
—Sí —contestó Chase con una pequeña sonrisa.
—¡Entonces vamos! ¡Quiero verla! —Josh saltaba de la emoción y estuvo a punto de salir corriendo otra vez antes de que Chase lo detuviera.
—¿Recordaste dar las gracias?
Josh se rio apenado.
—¡Ups! Lo siento, tío Chase —dijo antes de darse la vuelta y caminar hacia Daven, quien seguía parado a poca distancia—. Gracias por ayudarme, señor Daven.
—De nada, campeón —Daven se agachó para quedar a su altura—. La próxima vez ten más cuidado, ¿sí? No corras cerca de los baños públicos; el suelo puede estar resbaladizo.
Josh asintió con obediencia, sin que le molestara en lo más mínimo que Daven volviera a revolverle el cabello con cariño.
—Está bien, ya me voy. Quiero ver a mami. ¡Adiós, señor Daven! —gritó mientras se despedía con la mano y luego buscaba la de Chase.
Juntos salieron de la habitación, dejando a Daven allí de pie, observando cómo se alejaban.
Arven, que había observado toda la interacción en silencio desde cerca, estaba atónito. ¿Desde cuándo al señor Daven... le gustaban los niños?
—Arven.
Él dio un paso al frente ante el llamado de Daven, aunque su expresión todavía reflejaba un mar de preguntas sin respuesta.
—¿Sí, señor Daven?

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