—No, pero... ahora siento que ya no tengo que hacerlo.
Daven contuvo una carcajada.
—Bueno, después de que te curemos, deberías intentarlo de nuevo. Aguantarse las ganas puede hacer que te duela la pancita.
—¿En serio?
Daven asintió sin dudar y continuó caminando por el pasillo que el personal le había señalado. La sala médica privada, ubicada dentro del salón principal, era un lugar silencioso y tranquilo. Con cuidado, sentó a Josh en el sofá.
—Yo puedo encargarme de curarlo, señor Daven —ofreció uno de los empleados con cortesía, dando un paso al frente.
—No es necesario —lo interrumpió Daven antes de que el hombre pudiera moverse—. Por favor, busque a mi asistente. Probablemente todavía esté hablando con el embajador. ¿Le importaría?
—Por supuesto que no, señor.
En cuanto el empleado se fue, Daven se quitó el saco y dejó la costosa prenda sobre el respaldo del sofá. Se arremangó la camisa, preparándose para atender al pequeño que estaba sentado frente a él; el niño lo observaba en silencio con ojos cautelosos y llenos de incertidumbre.
—Esto podría arder un poco. ¿Crees que puedas aguantar? —preguntó Daven con voz suave mientras abría el botiquín de primeros auxilios. Empapó un algodón con alcohol y luego tomó un ungüento antiséptico.
Josh mantuvo la mirada baja, con sus manitas temblando. De vez en cuando, miraba de reojo al extraño que lo estaba curando.
—¿Tienes miedo? —preguntó Daven.
Josh vaciló y luego negó con la cabeza.
—No, es solo que... mami y la tía Lydia dijeron que no debo hablar con desconocidos.
Daven soltó una risita.
—Es un buen consejo —le enderezó la pierna con delicadeza. Por suerte, el niño llevaba pantalones cortos a la rodilla, lo que facilitaba tratar la herida—. Y haces bien en ser precavido, pero te prometo que no estoy aquí para secuestrarte.
Josh lo miró, todavía inseguro.
—Entonces, ¿por qué me ayuda?
—Porque uno debe ayudar cuando ve que otra persona está lastimada, ¿no crees? —respondió Daven, aplicando el algodón sobre la rodilla raspada de Josh.
Josh hizo una mueca.
—¡Ay!
—Solo un poco más. Ya casi termino.
Josh asintió, apretando los ojos mientras soportaba el ardor.
—Dime, ¿en serio te llamas solo Josh? —preguntó Daven, tratando de distraerlo.
—No se supone que deba decirles mi nombre completo a los desconocidos —respondió Josh con voz pequeña pero firme.
Daven sonrió.
—Me parece justo. Bueno, yo soy Daven. Puede que no te interese saber mi nombre, pero me presento de todos modos; me parece lo más educado.
Se rio suave al terminar de curar la lesión. Sus manos trabajaron con cuidado, no solo limpiando la rodilla de Josh, sino también vendando su pequeña palma, que se había raspado en la caída.
—Listo. Ya terminamos.
Josh miró su rodilla curada y luego su mano, que todavía estaba sensible pero ya atendida.
—G-gracias, señor Daven.

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