—¿Por qué vas a subir conmigo? —preguntó Daven, confundido por el comportamiento de Vanessa.
Lo normal era que él la dejara en algún lado antes de irse a la oficina. Pero ese día, ella estaba haciendo todo lo contrario.
—¿A poco no puedo? —respondió Vanessa con un tono de voz muy dulce—. ¿O te molesta?
A decir verdad, Daven nunca se quejaba de lo que ella hacía. Estaba acostumbrado a que Vanessa hiciera lo que se le diera la gana. Y este afán de no querer soltarlo no era nada nuevo.
—Solo quería acompañar a mi futuro esposo a su oficina —añadió ella con una sonrisa radiante, mientras se entrelazaba de su brazo y se recargaba en él como si fuera lo más normal del mundo.
No parecía importarle que todos los estuvieran viendo. Los empleados ya empezaban a llegar y algunos volteaban, murmurando y lanzando miradas curiosas.
Era de esperarse. Era imposible no fijarse en Vanessa Blake.
No solo era una mujer muy guapa. Era una modelo famosa que trabajaba para las mejores marcas y a veces salía en películas de cine, aunque fueran papeles secundarios. Su cara era conocida y su presencia siempre llamaba la atención.
Normalmente, a Vanessa le chocaba ser el centro de atención en lugares públicos como este. Un titular equivocado o una foto en el momento menos oportuno podrían perjudicarla. Pero esta vez, le encantaba. Quería que la gente los viera. Que supieran.
Que entendieran que Daven era suyo.
Especialmente cierta mujer.
La que seguía siendo su esposa.
—¿Al menos te puedo acompañar al ascensor? —preguntó con una voz de cariño, sin quitarle la mirada de encima—. Todavía no he pasado suficiente tiempo contigo.
Quería que todos los que estaban cerca vieran la imagen que proyectaban: una pareja enamorada, perdida el uno en el otro, sin espacio para nadie más.
—Haz lo que quieras —dijo Daven sin ganas.
No se apartó ni discutió. Quizá porque, después de tanto tiempo, ya se había acostumbrado. No era la primera vez que Vanessa se ponía tan encimosa. Antes, hasta le parecía tierno.
Pero ese día le molestaba.
Sentía que algo no estaba bien.
—¿Por qué estás tan cortante conmigo esta mañana? —preguntó ella haciendo un gesto de disgusto mientras se le pegaba más. Su tono se volvió un quejido, aferrándose a él con descaro—. ¿Hice algo malo?
—Ya fue suficiente —dijo él con voz baja, en un susurro que sonaba a advertencia.
Dejó escapar un resoplido de fastidio.

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