—¿A dónde demonios nos llevan? —murmuró Daven con la mirada fija en el camino. El auto seguía alejándose del centro de la ciudad. No conocía Solaviz en detalle, pero sabía que no era tan grande. No como Aethelis, la verdadera capital y centro económico del país.
—Ya le pedí al personal del departamento que se aseguren de tener su provisión de café lista, señor Daven.
El comentario repentino de Arven hizo que Daven volteara. Se miraron un momento, reconociendo en silencio lo mismo: algo en esta reunión no cuadraba. Pero ninguno de los dos podía darse el lujo de actuar a la ligera. Un movimiento en falso y podrían quedar atrapados, o peor, indefensos.
—Gracias —respondió Daven, tratando de sonar casual. De reojo podía notar que los estaban vigilando.
Tras casi una hora de viaje, el auto por fin se detuvo. El destino no era nada de lo que esperaba: una cabaña moderna y elegante, solitaria en medio de un bosque de pinos en silencio. Lejos del ruido de Solaviz, el lugar parecía tranquilo. Demasiado tranquilo.
La escena le trajo el recuerdo de uno de los resorts de su familia, de esos a los que se escapaban en vacaciones solo para descansar y compartir una comida. Su familia había comprado esa propiedad más que nada por el paisaje natural, aunque quedaba a horas de la residencia Callister.
—Por aquí, señor.
Uno de los empleados abrió la puerta del auto con una reverencia respetuosa.
Daven bajó y se ajustó el blazer mientras recorría los alrededores con la mirada. Pinos enormes cercaban la propiedad; el único acceso era el camino sinuoso por el que acababan de subir. Se habían cruzado con algunos vehículos en el trayecto, pero esta zona estaba lejos de ser transitada.
“Veamos qué está planeando Harold”, pensó mientras avanzaba con una confianza mesurada. Arven y Andy lo seguían de cerca, ambos tensos; Andy ya preparado para lo peor.
Desde el interior de la cabaña salió un hombre a toda prisa, con una sonrisa exageradamente cálida.
—Bienvenido, señor Daven. Pase, por favor. El señor Harold lo espera.
Daven apenas asintió. Recorrió el terreno con la mirada: el estacionamiento amplio y casi vacío, los pinos interminables, la quietud inquietante que lo rodeaba todo.
Arven se acercó y susurró tan bajo que apenas se oía, aunque mantuvo la postura compuesta como si fuera algo rutinario.
—Señor Daven, este lugar está demasiado lejos de la ciudad. Si las cosas salen mal, salir de aquí no va a ser fácil.
Daven sonrió apenas, casi divertido.
—No te preocupes. Solo dile a Andy que esté alerta.
Arven apretó los labios. ¿Cómo podía Daven mantenerse tan calmado? Si era honesto, nunca habían enfrentado una intimidación como esta. Y por alguna razón tenía un mal presentimiento: la negociación que Harold quería no iba a ser por las buenas.
Arven hizo lo posible por seguir las instrucciones de Daven. Igualando el paso con Andy, murmuró:
—Mantente alerta. Nuestra prioridad es la seguridad del señor Daven.
—Sí, señor Arven. Entendido. —Andy asintió con obediencia.

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