—Por el momento me quedaré en casa de mi madre. Si quedan documentos en mi departamento, ve a recogerlos de una vez.
—Sí, señor —respondió Arven con diligencia—. En ese caso, espero que disfrute el fin de semana con su familia.
Acompañó a Daven hasta el auto. Por primera vez, Daven le dijo que se tomara el resto del día libre. Solo eso ya significaba mucho para Arven: tener un fin de semana sin tareas interminables. Los últimos meses fueron como correr con lobos pisándole los talones, cada paso acosado por plazos implacables y el caos que los rodeaba. Era agotador, le drenaba hasta la última gota de energía.
—Tú también. Disfruta tu fin de semana —dijo Daven antes de subir al auto. Arven hizo una reverencia respetuosa, y una vez que Daven se acomodó en el asiento trasero, el auto arrancó con suavidad desde el vestíbulo de la oficina.
Esa tarde, después de cerrar los últimos pendientes, Daven por fin se dirigió a casa. Hacía mucho que no pisaba la casa donde su madre todavía vivía. Y aun así, no podía volver sin prepararse, porque verla también significaba responder preguntas.
Una de ellas, sin duda, sería sobre Althea. No había forma de que su madre no hubiera visto los titulares que sacudieron todo Aethelis.
“Con suerte podré manejarla bien”, murmuró para sí mientras el auto avanzaba hacia su destino. El trayecto se sintió más corto de lo habitual, o quizás esta vez se permitió disfrutarlo. Aun así, la mente no dejó de repasar asuntos pendientes, incluidos los tratos con Harold. No podía darse el lujo de descuidar eso.
Al poco rato, el auto se detuvo frente a las rejas de un lugar que le traía recuerdos. La gran casa se alzaba ante él, imponente y familiar. En cuanto cruzó la entrada, una figura apareció en la puerta: una mujer de cabello plateado, con una sonrisa amplia y radiante. La brisa que recorría la propiedad de los Callister era fresca y tranquila, y lo envolvió en una comodidad que no había sentido en años.
—Daven, casi esperaba que estuvieras sepultado bajo una montaña de informes —bromeó Kate Callister, aunque la voz le temblaba de añoranza. No necesitaba palabras para ver cuánto peso cargaba su hijo. Sin dudarlo, abrió los brazos. Tal vez su abrazo pudiera aliviar aunque fuera una fracción de esa carga.
—Si estuviera sepultado, no estaría aquí de pie —contestó Daven con una risa suave. Por primera vez en mucho tiempo, la voz le salió cálida. Avanzó sin dudarlo, acortó la distancia y le devolvió el abrazo a su madre.
Volver a casa, se dio cuenta, no fue tan mala decisión después de todo. La mano de Kate le recorrió la espalda con suavidad, tierna y reconfortante.
—Entra. Te preparé sopa de zanahoria. Le diré a Mira que te la caliente. También hice pollo rostizado con hierbas, puré de papa y un poco de pan de ajo. Siguen siendo tus favoritos, ¿no? —Kate desbordaba entusiasmo, como si le hablara a su niño pequeño y no al hombre adulto conocido hoy como un empresario exitoso.
Daven sonrió.

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