—Ya le pedí al equipo de relaciones públicas del Grupo Callister que se encargue de los reporteros que empezaron a aparecer. La mayoría se comunica por teléfono y correo electrónico.
Desde que estalló el escándalo de Vanessa, los teléfonos de Daven y de Arven no habían dejado de sonar. Al final, Daven apagó el suyo, se negó a permitir que el ruido interfiriera con la calma que necesitaba. Todavía tenía incontables reuniones por atender y discusiones que exigían toda su concentración. No iba a dejar que las payasadas de Vanessa arruinaran toda su agenda. No iba a ceder, aunque...
—¿Te aseguraste de suprimir toda noticia vinculada a Althea?
—Sí, señor —respondió Arven con tranquila certeza.
—Bien. No dejes que nadie escarbe en su vida, Arven. No voy a perdonar a quien se atreva a perturbar su paz, ni la de nuestro hijo.
Arven asintió con obediencia.
—¿Qué sigue en la agenda?
—Esta noche hay un banquete importante con el embajador de Alemania. Pero aún no tengo los detalles claros. Todavía viene de regreso a Aethelis tras un asunto imprevisto en Estados Unidos.
—Entonces avísale que lo reprogramamos. Va a necesitar descansar después de un viaje tan largo. —Daven cerró el último expediente que estaba revisando y lo apartó, despejando el escritorio.
—Entendido, señor.
Como solía hacer para aliviar el peso del trabajo, Daven caminó hacia el ventanal en la esquina de su oficina. Al otro lado del vidrio se extendía el horizonte de Aethelis, vibrante de grandeza y actividad.
—Acaban de informarme que la señorita Vanessa también contactó a varios medios importantes. Asegura tener evidencia fotográfica de su relación con Althea.
—Estoy seguro de que esas supuestas fotos son fabricadas —dijo Daven con frialdad, sin voltear.
—Yo también lo creo. Pero al público no le importaba si eran reales o falsas. Lo único que ven son las fotos y la historia que ella teje alrededor. Creo que el señor Thomas tenía razón: su reputación podría...
—No es mi reputación la que debería preocuparles. —Daven giró con brusquedad; le lanzó una mirada que clavó a su asistente en su lugar—. A quien tenemos que proteger es a Althea. Tal vez hoy no se enteró de la basura que Vanessa difundió. Pero pronto lo hará. Y será por culpa de mi matrimonio roto.
Arven agachó la cabeza despacio.
—Quizá debería explicarle todo al señor Miller primero.
Se hizo el silencio. Daven cruzó los brazos, con expresión inflexible. Sus ojos permanecieron fijos en Arven; el peso de esa sugerencia pendía entre los dos, porque sabía exactamente qué tipo de consecuencias traería.

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