El aire del mediodía en Aethelis se sentía extrañamente frío a pesar del sol abrasador en lo alto. Una ráfaga de viento recorrió el cementerio, tirando del cabello de Althea hasta que tuvo que alisárselo más de una vez. Pero en cuanto llegó a la tumba de su madre, ignoró el frío, la luz del sol y el viento.
Se quedó inmóvil frente a la sencilla lápida, con la mirada fija en las flores marchitas que descansaban sobre ella.
—Hace mucho que no vengo a verte, mamá —murmuró con la voz temblorosa. Reemplazó con cuidado las flores marchitas por el ramo fresco que llevaba en las manos—. Aunque no venga seguido, siempre te llevo en el corazón. Sigo esperando que algún día nos volvamos a encontrar... y estemos juntas.
Le tembló la mano al trazar con los dedos el nombre grabado en la piedra. Los recuerdos que había mantenido enterrados volvieron a ella en fragmentos vívidos: momentos en que habían sido solo ellas dos, llenos de una alegría callada. Habían sido felices. De verdad felices. Su vida había sido sencilla, sin lujos, pero cada momento que compartieron había sido valioso.
No era que Althea no quisiera ir más seguido, pero Aethelis quedaba lejos, y últimamente otras preocupaciones la habían absorbido, sobre todo la posibilidad de cruzarse con la familia Callister. Las probabilidades eran mínimas, pero... podía pasar, ¿no?
—Te... extraño, mamá. —Las lágrimas por fin se escaparon—. Ojalá siguieras aquí conmigo. —Entre sus sollozos callados, logró sonreír mientras se limpiaba la humedad de los ojos—. Hay tantas cosas que quiero contarte. Sobre todo de Josh. Mi hijo.
Una brisa suave agitó los árboles, y las hojas susurraron entre sí.
—Desde que me convertí en madre, lo que más he aprendido a valorar es el tiempo —continuó en voz baja—. Cada momento con mi hijo no tiene precio. Como tú siempre decías: el tiempo lo es todo cuando lo pasas con las personas que amas. Sé que me amabas, mamá. Igual que yo amo a mi hijo.
Althea acarició la lápida una vez más.
—Algún día lo voy a traer para que te conozca. Perdóname por no haberlo hecho todavía. Pero le hablo de ti seguido. Tengo muchas fotos tuyas. ¿Sabes? Josh dice que me parezco a ti. —Se le escapó una risa callada—. Nunca imaginé que alguien diría que nos parecemos.
No muy lejos, Chase permanecía en silencio, dejándola hablar sin interrumpirla. Escuchó cada palabra, cada hilo de añoranza que se entretejía en su voz. Era la primera vez que veía este lado de ella: vulnerable, sin defensas. Hasta ahora, Althea siempre había sido la mujer fuerte e independiente ante sus ojos.
—En realidad hay alguien más que me gustaría que conocieras hoy, mamá. —Althea volteó brevemente hacia él, con una sonrisa—. Se llama Chase Miller.
Chase se tensó un poco, tomado por sorpresa ante la mención repentina. Despacio, se acercó hasta quedar a su lado, con la mirada fija en la lápida en señal de respeto.


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