Esa mañana, Daven acababa de terminar una breve reunión con su junta directiva. No había tiempo suficiente para tratar nada más: su vuelo a Solaviz estaba programado para más tarde esa misma tarde, y su reunión con Chris Miller no podía posponerse de nuevo.
—En ese caso, asegúrate de que lo que pedí me llegue por correo de inmediato —dijo Daven, recogiendo la pila de documentos frente a él. Arven ya estaba listo para seguirlo a donde fuera.
Pero justo cuando Daven estaba por salir de la sala, su teléfono vibró. El nombre en la pantalla le hizo arquear una ceja. “¿El asistente de Theo Blake?”, murmuró antes de contestar. “¿Para qué me llamará?”
—Disculpe la interrupción, señor Callister. El señor Blake desea hablar con usted en persona. De ser posible, le solicita que lo visite. —El tono era formal, pero había un peso implícito en sus palabras; no se trataba de una simple invitación cortés.
—Bueno —respondió Daven, echando un vistazo a su reloj. Todavía tenía tiempo antes de ir al aeropuerto. Además, el hospital donde estaba Theo quedaba de camino.
Al colgar, Daven se quedó mirando por la ventana. Theo Blake. El padre de Vanessa. Desde aquella noche, no lo había vuelto a ver. De vez en cuando, Arven lo ponía al día sobre su estado, pero Daven nunca se había tomado la molestia de visitarlo. No era que le faltaran razones; había mucho por decir sobre lo que pasó esa noche.
—Señor —lo llamó Arven, confundido por su repentino silencio—. ¿Qué sucede?
—Prepara el auto. Me pidieron que vea a Theo. Y consigue un regalo apropiado para la visita.
Aunque sorprendido, Arven no cuestionó la orden.
—Entendido, señor.
***
El trayecto al hospital no tomó mucho tiempo. El lugar donde atendían a Theo era tranquilo; los pasillos estaban impregnados del tenue olor estéril del antiséptico. Daven entró al ala VIP, donde el asistente de Theo ya lo esperaba junto a la puerta. Lo saludó con cortesía y lo hizo pasar.
Theo estaba sentado en una silla de ruedas, abrigado con un suéter grueso. Su cara aún lucía algo pálida, aunque se veía mejor que la última vez que Daven lo había visto, inconsciente, desplomado tras enterarse de lo que su hija había hecho. Sin embargo, a pesar de su fragilidad, la mirada de Theo seguía siendo tan penetrante como siempre cuando se encontró con la de Daven.
—Así que por fin viniste.

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