La pregunta de Theo dejó caer un silencio denso sobre la mesa.
Felicia y Kate intercambiaron una mirada rápida, pero ninguna habló, como si esperaran el momento para que alguien más tomara la palabra primero.
Daven permaneció exactamente donde estaba: sereno, indiferente, aparentemente intocado por la pregunta. Pero Vanessa aprovechó el momento con una gracia ensayada.
Bajó la cabeza y dejó escapar un suspiro quedo. Cuando volvió a levantar la mirada, las lágrimas ya habían comenzado a caer, trazando un camino suave por su mejilla.
—Papá. —Su voz tembló, frágil pero clara—. Lo intenté; de verdad lo intenté. He tratado de que este matrimonio funcione. Pero no todo sale como uno quiere.
Theo arrugó la frente.
—¿Qué estás diciendo, Vanessa?
—A veces pienso... tal vez esperé demasiado —continuó, con una actitud que equilibraba tristeza y contención con delicadeza. Elegante, incluso en el dolor—. Sé que Daven es un hombre ocupado. Nunca le pedí que estuviera a mi lado todo el tiempo. Pero... también soy humana, papá.
Aun así, Daven no dijo nada. Su cara seguía siendo indescifrable, incluso mientras Vanessa se secaba las lágrimas.
—La gente habla como si todo fuera mi culpa —susurró, y luego se volvió lentamente hacia su suegra—. Solo quería que me entendieran. A veces... extraño que me quieran como antes.
Dejó escapar un sollozo, cuidadosamente calculado. Una grieta calculada en su compostura.
Sabía que Theo Blake no ignoraría eso.
Podía parecer frío a veces, pero Vanessa lo conocía: le importaba. ¿Y Daven? Respetaba demasiado a su suegro como para mantenerse indiferente por mucho tiempo. ¿No era este el momento que necesitaba? ¿La ventaja que había estado esperando?
Theo se volvió hacia Daven, con los ojos entrecerrados.
—Daven, ¿no vas a decir nada?

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