Althea empujó la puerta de acero al final del pasillo del quinto piso, una puerta pesada con manija de metal frío que conducía al jardín secreto en la azotea del edificio administrativo. Un lugar que apenas había descubierto hacía poco. Chase lo había mencionado una vez, diciendo que era su sitio favorito para desconectarse.
En cuanto la puerta se abrió con un chirrido, una brisa suave la recibió, acariciándole la cara y revolviéndole los mechones que se habían soltado de la coleta. El aire allá arriba se sentía más fresco, y el cielo, aunque no era un azul perfecto, tenía un tono gris apacible que lo convertía en el lugar ideal para respirar y olvidar.
Recorrió el pequeño jardín con la mirada: flores que desafiaban las estaciones, dispuestas con esmero, sin que sus colores desentonaran, cada una con su propio espacio para lucir. Chase aún no estaba ahí; al menos, no había rastro de él entre las flores.
—Quizá sigue ocupado —murmuró, acomodándose un mechón detrás de la oreja mientras el viento intentaba deshacerle el peinado otra vez. Caminó hacia el kiosco en el centro del jardín: una banca de madera bajo un pequeño techo frente a un estanque artificial y tranquilo.
Se sentó y se dejó arropar por el silencio. Por primera vez, respiró más profundo y sintió el pecho más ligero. Tal vez Chase tenía razón. Este lugar era perfecto para dejar que la ansiedad se disolviera. Hasta el murmullo del agua en la pequeña fuente cercana se sentía como una canción de cuna para sus nervios.
Althea se recargó hacia atrás y cerró los ojos un momento.
Si Chase aparecía, le daría las gracias. Como mínimo, la angustia que cargaba desde la aparición repentina de Daven esa mañana empezaba a ceder.
Entonces llegó el sonido suave de unos pasos acercándose.
—No pensé que fueras a venir tan rápido —dijo Chase mientras se acercaba con dos vasos de café y una cajita de postres—. ¿Y? ¿Qué te parece este lugar?
Althea abrió los ojos y lo saludó con una sonrisa.
—Me pediste que viniera, ¿no? Claro que iba a venir. Además, dijiste que este lugar me ayudaría a relajarme.
—¿Y? ¿Tenía razón? —Chase se sentó junto a ella, con la mirada fija en su figura: los ojos cerrados otra vez, como si estuviera absorta en la calma del momento.
—Confío en ti —dijo Althea con suavidad.
—Espero que sigas confiando en mí, con más cosas —respondió con una sonrisa amplia—. Te traje un espresso helado, con poca azúcar. Y una rebanada de pastel de almendra con miel, para levantar el ánimo.
Althea se rio.
—En serio sabes lo que necesito.
—Hago lo que puedo —dijo Chase encogiéndose de hombros—. Pero que quede entre nosotros. Si los demás profesores se enteran, van a pensar que tengo favoritos.
Los dos rieron, y la ligereza entre ellos fue disipando la pesadez que ella había traído consigo.
—Escuché que tu clase salió muy bien hoy —comentó Chase mientras le daba un sorbo a su café.
—Sí… supongo que sí. Los niños estaban emocionados hablando de figuras geométricas. ¿Quién iba a pensar que competirían por nombrar todo lo que tiene forma de círculo?
—Seguramente por tu forma de enseñar. Dicen que te gusta darles ejemplos concretos y ejercicios en vez de solo explicar.
Althea asintió, animada.
—Es más fácil que entiendan cuando ven ejemplos y resuelven los problemas por su cuenta.

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