—¿Cómo es posible que ese hombre se haya aparecido en la escuela de Josh? —murmuró Althea entre dientes, frotándose las sienes. Arrastraba una angustia que había intentado ignorar toda la mañana.
Había logrado llegar a la escuela. Tenía la mente hecha pedazos, los nervios a punto de quebrarse, pero aun así entró al edificio con una sonrisa ensayada que apenas disimulaba el pánico que la carcomía por dentro.
Lo único que quería, con desesperación, era sobrevivir el día. Dar su clase como siempre, repasar figuras geométricas de una forma que sus alumnos pudieran entender, ver cómo se les iluminaban las caritas de emoción y ser la maestra que esperaban con ansias cada mañana.
“Vamos, Althea. Concéntrate. Todo va a estar bien”.
Por suerte, logró superar la mitad de la jornada en el salón con sus alumnos. Debería haber agradecido que aún pudiera enseñar con algo de profesionalismo. Pero en cuanto volvió a la sala de maestros, se sentó en su escritorio y vio la foto enmarcada de su hijo sonriendo, todo dentro de ella se quebró.
—¿Señorita Althea?
La voz suave llegó desde unos escritorios más allá. Era María.
Althea giró la cabeza y sonrió con timidez.
—¿Sí?
—¿Tienes un momento para hablar? —preguntó María con delicadeza, bajando un poco la mirada como para no presionarla. Pero ya no podía quedarse de brazos cruzados. Althea no era solo otra maestra en el Preescolar SunRise; era parte de lo que hacía que esa escuela se sintiera como una familia. Su calidez, su amabilidad, la fuerza callada que aportaba a cada lugar al que entraba: todo eso importaba.
Althea asintió.
—Claro, María. ¿Qué pasa?
María acercó una silla despacio y se sentó a su lado, mirándola con un gesto sincero y sereno.
—Sé que quizá no me corresponde —comenzó con cuidado—, pero estos últimos días te he notado… distinta. Como si algo te pesara. ¿Estás bien?
Althea inhaló con suavidad. Su instinto le decía que apartara la mirada, que cambiara el tema, pero la mirada de María la sostuvo ahí, cálida y preocupada. Y rechazarla solo transmitiría el mensaje de que no quería que nadie se preocupara por ella. Que no necesitaba a nadie.
Pero la verdad era que Althea no quería que nadie se preocupara por ella.
—Estoy bien —dijo al fin con una sonrisa, tomándole la mano a María con la esperanza de tranquilizarla—. Solo un poco cansada. Eso es todo. Tal vez.
María no pareció convencida.
—¿En serio? —preguntó, entrecerrando los ojos—. Ni siquiera regañaste a los niños que llegaron tarde esta mañana. Tú siempre eres la más estricta con eso.
Althea se rio; no porque algo fuera gracioso, sino porque se dio cuenta de cuánto lo que le pesaba se había filtrado en su día a día en la escuela.
María continuó, con la voz aún más suave mientras le devolvía el apretón de manos.
—Si hay algo que quieras compartir, aquí estoy. No voy a presionarte, pero tampoco puedo fingir que no veo lo mucho que estás luchando.
Esa simple frase tocó una fibra en Althea. No supo cómo responder; solo logró una sonrisa tenue y poco convincente.
—¿En serio se nota tanto? —preguntó en voz baja, más para sí misma que para María.
—Sí —respondió María sin dudarlo—. Nunca sientas que tienes que cargar con todo sola. Si pesa demasiado, aquí voy a estar para ayudarte a cargarlo.
—Gracias, María —susurró Althea—. En serio lo aprecio.
María la miró por un largo momento antes de asentir despacio.
—Quien sea que te haya hecho esto, espero que sepa… que aun así te presentaste esta mañana. Que te paraste frente a tu clase con toda la energía del mundo, con la frente en alto, enfrentando pensamientos que me imagino no son fáciles de ignorar. Eso, para mí, ya te hace increíble.
Althea sonrió; esta vez, con sinceridad.
—Eres peligrosamente buena dando cumplidos, María.
—¿Tú crees?

Comentários
Os comentários dos leitores sobre o romance: El Mes Que Fuimos Verdad