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El Karma romance Capítulo 1133

La pregunta flotó en el aire, cargada de amargura y autodesprecio. Guillermo permaneció inmóvil, su rostro juvenil contraído en una mueca que delataba años de dolor contenido.

"¿De verdad estás de acuerdo? ¿No te preocupa que la gente diga que te juntas con el bastardo de la familia Del Valle?"

"¿Bastardo?"

El murmullo de Arlet apenas rozó el aire. Aquella palabra resonó en su memoria como un eco lejano, despertando fantasmas que creía dormidos. Sus dedos juguetearon distraídamente con el borde de su libro mientras los recuerdos se agolpaban en su mente. Cuántas veces había escuchado ese mismo insulto dirigido a ella, cuántas miradas de desprecio había soportado.

"Te voy a dar tu primera lección. Si alguien te llama 'bastardo', le rompes la cara de un puñetazo."

La suavidad de su voz contrastaba con la dureza de sus palabras, como terciopelo envolviendo una daga.

"¿Y si no puedo ganar?" La pregunta de Guillermo revelaba una vulnerabilidad que Arlet conocía demasiado bien.

"Usa esto." Arlet se llevó un dedo a la sien con un gesto deliberado. "Mira, Fidel, grábate bien esto: cuando te enfrentes a un enemigo, si puedes golpear, no pierdas tiempo hablando. Y si no tienes la fuerza, usa la cabeza. Encuentra la manera de hacerlos sufrir, o busca aliados que lo hagan por ti, ¿me entiendes? En esta vida hay que aprovechar cada recurso disponible."

Guillermo absorbía cada palabra con la intensidad de quien ha conocido el hambre. Su madre lo había protegido como una leona, manteniéndolo alejado de las sombras más oscuras del mundo. Pero desde su partida, era como si toda la maldad contenida durante años se hubiera desatado de golpe, aplastándolo sin misericordia. Ya no tenía un escudo, solo su propia piel para defenderse.

Arlet comenzó a compartir historias de su infancia, relatos crudos de una niña que tuvo que aprender a defenderse sola. Cada anécdota era una cicatriz transformada en lección, cada humillación un recordatorio de que la verdadera justicia solo llegaba con la fuerza propia.

"No puedes seguir así." Arlet estudió su figura delgada con ojo crítico. "Vamos al gimnasio de boxeo."

...

"Señora," susurró Greta a Ingrid cuando esta regresó, "parece que la señorita Sandell está enseñando a pelear al joven de la familia Del Valle."

No había sido su intención escuchar, pero al llevar la fruta, las palabras habían llegado claras a sus oídos. La preocupación teñía su voz.

El gerente evaluó a Guillermo con ojo experto, notando primero su rostro atractivo y después su constitución, que distaba mucho del ideal de un boxeador.

Pero algo en la determinación de su mirada lo hizo asentir. "No hay problema."

En el ring, Guillermo recibía golpe tras golpe. A pesar del equipo de protección, cada impacto dejaba su marca. Sin embargo, cada vez que parecía que iba a caer, se levantaba nuevamente, los dientes apretados, los ojos ardiendo con una resolución inquebrantable.

"Este chico tiene una bestia dormida dentro," observó el gerente, mientras el joven se tambaleaba pero se mantenía en pie. "Si logra liberarla, será algo extraordinario."

"Sí, es impresionante."

Los ojos claros de Arlet se oscurecieron con entendimiento. Nadie elegiría ser una bestia si pudiera ser un gato doméstico. Solo aquellos que no tienen quien los proteja se ven forzados a despertar a la bestia que llevan dentro.

Solo así evitarán ser pisoteados por el mundo.

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