El sol de media tarde se derramaba sobre la elegante sala de juntas, donde Rodolfo estudiaba con atención la invitación que descansaba sobre el escritorio. Las finas letras grabadas en el papel resaltaban bajo la luz natural que se filtraba por los amplios ventanales.
"Todo lo que ha estado pasando últimamente en Ciudad de México tiene la firma de los Velasco", su voz grave resonó en la habitación mientras sus dedos recorrían el borde del sobre. "Lo que me llama la atención es que especificaron quiénes deben asistir. No es común que hagan eso."
"¿No me digas que es una trampa?", soltó Hugo con una sonrisa burlona.
La invitación, elegante en su simplicidad, llevaba inscritos los nombres de él y su hermano mayor.
"Tal vez lo sea", respondió Rodolfo, sus labios curvándose en una sonrisa enigmática.
"¿Entonces qué? ¿Vamos o no?", preguntó Hugo, tamborileando los dedos sobre el reposabrazos de su sillón.
"Por supuesto que iremos", la voz autoritaria de Joaquín cortó el aire como un látigo.
La invitación, aunque firmada por Maxi, portaba el inconfundible sello de las autoridades gubernamentales. Era imposible ignorar el peso de ambas instituciones combinadas.
Escenas similares se desarrollaban en las mansiones de otras familias prominentes. Algunos patriarcas analizaban cada detalle con meticulosa atención, mientras otros fingían desinterés. Sin embargo, en los ojos de varios brillaba una chispa de inquietud que no podían disimular.
Para el mundo exterior, aquella invitación no era más que un elegante trozo de papel. Pero en los círculos del poder, cada palabra impresa resonaba con el eco de futuras consecuencias.
El Hotel Cuatro Estaciones se había transformado en una fortaleza de exclusividad. La administración había cancelado todas las reservaciones, compensando a los huéspedes afectados con el doble del costo de su estancia. El silencio en los pasillos anticipaba la importancia del encuentro por venir.
Una procesión de vehículos de lujo desfilaba frente a la entrada principal. Los porteros, cual coreografía bien ensayada, se movían con precisión milimétrica para recibir a cada invitado. Las anfitrionas, enfundadas en elegantes uniformes, guiaban a los recién llegados hacia el salón principal.
La familia Sandell hizo su entrada en el momento preciso, ni adelantados ni rezagados. Jörgen encabezaba la comitiva, flanqueado por Fredrik Sandell y Oskar.
Los más perspicaces notaron un patrón: cada familia había enviado exactamente tres representantes. Miradas discretas se cruzaron entre los presentes, pero nadie se atrevió a comentar la coincidencia en voz alta.
El murmullo de las conversaciones se apagó cuando Maxi cruzó el umbral. Un silencio expectante se apoderó del salón.
"Presidente Velasco."
"Presidente Velasco."
Maxi respondió con un gesto austero y se dirigió al asiento principal.
"Maxi no sabe contar historias. Lo hace todo tan árido", comentó Arlet, apoyando su mentón sobre las manos con aire juguetón.
Alexander deslizó sus dedos por el cabello de su hermana con ternura. Ella alzó el rostro, sus ojos brillando con curiosidad infantil, como preguntando sin palabras '¿Por qué me acaricias el cabello, hermano?'
La mirada de Alexander, oculta tras el cristal de sus anteojos, se suavizó al contemplar el rostro de su hermana, libre ya de aquella sonrisa artificial que tanto tiempo había llevado como máscara.
"¿Qué quieres cenar? Tu hermano te prepara algo", ofreció Alexander.
"No, no, no, hermano, ni se te ocurra", protestó ella, agitando las manos con energía.
"Caprichosa", susurró él, tocando suavemente la punta de su nariz.
A pesar de sus quejas sobre la cocina de Alexander, había tanto cariño en su voz que él no podía evitar sonreír. ¿Y cómo no estar feliz? Ver a su hermana comportarse con tanta naturalidad era todo lo que necesitaba.
Abajo, la historia se acercaba a su conclusión, mientras los presentes contenían el aliento ante cada nueva revelación.

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