Las luces fluorescentes del gimnasio proyectaban sombras duras sobre el ring mientras Arlet observaba el entrenamiento. El sonido seco de los golpes y la respiración agitada de Guillermo llenaban el ambiente cargado de sudor y determinación. Cuando consideró que había sido suficiente, alzó su mano con un gesto firme, deteniendo la sesión.
Se acercó al ring donde Guillermo yacía tendido. Su pecho subía y bajaba con respiraciones entrecortadas, mientras pequeñas gotas de sudor resbalaban por su rostro enrojecido. Sus ojos, aunque cansados, mantenían un brillo de determinación.
"Si quieres rendirte, todavía estás a tiempo", le dijo Arlet.
"No, no voy a rendirme."
Con visible esfuerzo, Guillermo tensó cada músculo de su cuerpo para incorporarse. Sus movimientos eran torpes, pero decididos.
"Ve a lavarte. Nos vamos."
Las calles de la ciudad los recibieron con una brisa tibia mientras caminaban en silencio. El cielo comenzaba a teñirse de tonos púrpura, y las primeras estrellas asomaban tímidamente.
"Arli, ¿a ti también te han dado una paliza así antes?"
"Sí", respondió ella. Su voz sonaba ligera, pero sus ojos se oscurecieron por un instante.
La respuesta escondía mucho más de lo que revelaba. En sus días más oscuros, las palizas que recibía no venían de entrenadores profesionales con guantes acolchados y protecciones. Venían de puños desnudos, impulsados por la malicia y el desprecio, sin límites ni compasión. Solo el instinto primario de hacer daño.
En aquellos momentos, Arlet se transformaba en una criatura vulnerable, acurrucada en posición fetal, protegiendo su cabeza con brazos temblorosos. Hasta que un día, cuando la muerte parecía más cercana que nunca, algo se quebró dentro de ella. Con la fuerza de la desesperación, lanzó un golpe que derribó a uno de sus atacantes. Ese día aprendió una verdad brutal.
Para sobrevivir entre lobos, hay que aullar más fuerte.
Para enfrentar la crueldad, hay que superarla.
Para luchar contra quienes no temen morir, hay que estar dispuesto a perderlo todo.
"Hermana, ¿cuándo empezaste a aprender?"
"Lo olvidé."
Mentía. Recordaba perfectamente aquel momento, pero era una memoria que prefería mantener enterrada. La imagen del agresor en el suelo, la sangre manchando el pavimento, el terror en los ojos de los demás mientras huían. Ese día marcó el inicio de su transformación.
"Cuanto más desee tu enemigo que hagas algo, más debes evitar hacerlo. Cuanto más deteste algo, más debes hacerlo. Aunque te repugne, si puedes disgustar a tu enemigo, habrá valido la pena."
La furia abandonó su rostro, reemplazada por una sonrisa calculada, reminiscente de su mentora. "¿Irme? ¿Por qué habría de hacerlo? Me quedaré aquí para recordarte, a ti y a tu madre, que solo son el reemplazo. O como se decía antes, la segunda esposa."
"Mi madre fue la esposa legítima de Ezequiel. Tú solo eres..." dejó la frase suspendida en el aire, su sonrisa cargada de desprecio.
Leticia, temblando de rabia, levantó la mano para abofetearlo.
Guillermo la detuvo con un movimiento preciso. "Querida hermana, por esta vez lo dejaré pasar. Pero la próxima..."
La intensidad de su mirada hizo que Leticia retrocediera. Guillermo soltó su mano con desprecio y subió las escaleras, ignorando los rostros descompuestos de Leticia y Andrea.
Ya en la soledad de su habitación, el temblor que había estado conteniendo se liberó junto con sus lágrimas. Por fin lo había logrado. Ya no era él quien gritaba en soledad, soportando miradas burlonas.
La gratitud hacia Arlet inundaba su pecho, pero al pensar en lo que vendría después, la débil sonrisa que se había formado en sus labios se desvaneció como el último rayo de sol en el horizonte.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Karma