El timbre del intercomunicador resonó en la mansión Sandell, interrumpiendo la quietud matinal. Greta, la ama de llaves, respondió la llamada y se dirigió hacia el jardín, donde sus pasos crujían suavemente sobre la grava del sendero.
"Señorita, hay un joven en la entrada. Dice llamarse Guillermo Jaramillo y solicita verla."
"¿Guillermo?" El nombre no evocó ningún recuerdo en Arlet. Sus delicados dedos juguetearon distraídamente con el borde de su libro mientras intentaba ubicar el apellido en su memoria.
Greta, percibiendo la confusión en el rostro de su señora, se adelantó. "Si gusta, puedo indicarle que no podrá recibirlo."
"Sí, por favor."
Arlet se acomodó en su lugar predilecto del jardín, extendiendo una suave manta sobre sus piernas. El sol de media mañana acariciaba su piel con dedos tibios, invitándola a cerrar los ojos y dejarse llevar por el momento.
En la garita de seguridad, el guardia enfrentó al visitante con expresión impasible. "Lo siento, la señorita no puede atenderlo. Le sugiero que regrese en otra ocasión."
Guillermo bajó la mirada, una mezcla contradictoria de decepción y alivio dibujándose en sus facciones juveniles. Se alejó hasta un banco de piedra frente al complejo residencial, donde se sentó a contemplar el ir y venir de los transeúntes. Sus ojos siguieron distraídamente el avance metódico de una hilera de hormigas que marchaban con determinación por el pavimento.
De pronto, la voz de Arlet quebró la quietud del jardín. "¡Greta!"
La ama de llaves acudió presurosa. "¿Qué necesita, señorita?"
"¿Mencionaste que vino un joven a buscarme? ¿Su nombre es Fidel?"
Greta frunció el ceño, haciendo memoria. "No, señorita. Dijo llamarse Guillermo."
"Contacta a seguridad. Si aún no se ha marchado, hazlo pasar."
El guardia se acercó a Guillermo con paso decidido. "Oye, la señorita te recibirá."
"¿En serio?" Los ojos del joven se iluminaron con sorpresa.
"Sígueme."
La puerta principal de la villa Sandell se abrió revelando a Greta, quien no pudo evitar una sonrisa al contemplar al apuesto visitante. "Adelante, por favor."
En un movimiento súbito, Arlet se inclinó hacia adelante, sus manos apoyadas sobre la mesa de cristal. "Pequeño, te equivocas si piensas que soy una buena persona."
Guillermo retrocedió instintivamente ante la cercanía de aquel rostro perfecto. Su garganta se tensó. "No, yo sé que lo eres."
Una risa cristalina brotó de los labios de Arlet, quien se reclinó nuevamente en el diván, sacudida por la intensidad de su propia diversión.
Porque había percibido la sinceridad absoluta en aquellas palabras.
Este joven realmente creía en su bondad.
Las risas de Arlet se prolongaron hasta que pequeñas lágrimas asomaron a sus ojos, y una sonrisa sarcástica se dibujó en sus labios.
Guillermo observaba la escena sin comprender, inmóvil en su asiento, temeroso de romper aquel extraño momento con cualquier movimiento o pregunta.
Finalmente, Arlet recuperó la compostura y clavó su mirada en el joven. "De acuerdo, acepto."

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