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El Arquitecto De Mi Refugio (Vanessa y Rafael) romance Capítulo 1251

El señor y la señora Vera se miraron a escondidas, sin poder disimular la emoción en los ojos. Tal como pensaban, era un tonto generoso.

—Ay, no tenías que gastar tanto. Para Rebe es una bendición haber encontrado a un hermano como tú. Si no te parece mal, de ahora en adelante nosotros seremos tus padres. Y ya casi es Año Nuevo. Si no te molesta, ven a la casa y pásalas con nosotros, en familia. ¿Qué dices? La verdad, todavía eres joven, y nosotros ya te vemos como a un hijo.

La señora Vera se veía dulce y bondadosa, y sus palabras reconfortaron a Leandro. Sus padres habían muerto hacía muchos años, y desde entonces él había estado solo; ni siquiera había tenido novia. Si no estaba investigando, estaba buscando a su hermana. Pasaba solo las fiestas y los cumpleaños.

Faltaban pocos días para Año Nuevo, y nunca se había atrevido a imaginar que este año tendría una familia. Rebeca se le colgó del brazo, haciéndose la cariñosa.

—Di que sí. Todos juntos va a ser más divertido. Además, mi mamá sabe hacer empanadas caseras. Le quedan riquísimas.

—Así es. Ese día ven a comer a la casa y nos reunimos todos —lo invitó el señor Vera con tono bondadoso.

Al ver que los dos eran tan sinceros, Leandro no pudo rechazar una invitación tan cariñosa y aceptó.

—Está bien, entonces acepto con mucho gusto. Ese día iré sin falta a molestarlos.

—Para nada molestas. Eres mi hermano, así que somos familia —dijo Rebeca, feliz, y le abrazó el brazo con más fuerza.

La vendedora empacó las joyas que habían escogido, por un total de más de doscientos mil dólares. Leandro pagó con tarjeta y salió con ellos de la joyería. Luego, disculpándose, les dijo que tenía un asunto pendiente y que debía irse un momento. Los Vera pusieron mala cara, y Rebeca dio un pisotón de enojo.

—¿No dijiste que ibas a dedicarte solo a nosotros? ¿Por qué no cumples tu palabra?

—La señorita León me necesita para algo urgente y tengo que ir. Rebe, sé buena. Te acompaño otro día, ¿sí?

Leandro trató de contentarla con dulzura y cariño, pero ella seguía enfurruñada, muy disgustada. Ni siquiera le hablaba. Leandro sacó además una tarjeta adicional.

—Compra lo que te guste. Yo me tengo que ir.

A Rebeca se le iluminaron los ojos al ver la tarjeta negra; nunca pensó que en su vida llegaría a ver la famosa tarjeta adicional. Pero hizo un puchero.

—Siempre me quieres contentar con dinero. ¿De verdad quieres a tu hermana?

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