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El Arquitecto De Mi Refugio (Vanessa y Rafael) romance Capítulo 1266

Cuando Andrea salió, no vio a Sergio por ningún lado. Le pareció raro. ¿Habría visto mal hace un momento? Pero no podía detenerse a pensarlo; tenía cosas más importantes que hacer. No sabía con certeza si Sergio había escuchado o no aquel audio.

Por la reacción de Bianca de hace un momento, parecía que las cosas entre ella y Sergio seguían bien.

¿Sería que Sergio todavía no lo había escuchado?

O tal vez lo había escuchado y no le importaba.

En la habitación del hospital, Bianca se quedó de malas, con la sensación de que aquella visita hasta le traería mala suerte. Tomó el celular y le echó un vistazo. Sergio no había respondido sus mensajes. Bianca pensó que todavía no terminaba la cirugía y, como se moría de sueño, se acostó enseguida a dormir un rato.

Mientras tanto, del otro lado de la puerta, Sergio la observaba a través del vidrio de la ventana de la habitación. Frunció un poco sus cejas pobladas y bien formadas, y no entró a molestarla.

A la una de la tarde, Vanessa y Rafael recibieron una llamada del capitán Lira. Camila había despertado. Además, Genaro y toda su gente habían sido llevados a la delegación para interrogarlos.

De la noche a la mañana, distintas dependencias suspendieron una tras otra las actividades de la Financiera Meridiano, la supuesta empresa financiera de Genaro, para someterla a revisión.

Centros de entretenimiento, salones de masajes de pies, casinos clandestinos y demás negocios quedaron bajo investigación.

Ernesto estaba sentado en la sala principal de la villa y parecía haber envejecido diez años de la noche a la mañana.

No le quedaba energía, y sus ojos habían perdido todo brillo. Parecía un anciano en el ocaso de su vida. El mayordomo estaba de pie a su lado, sin atreverse a molestarlo, hasta que Ernesto habló:

—Si tienes algo que decir, dilo. A estas alturas, no hay nada que no pueda soportar.

Ya había perdido. Había perdido contra aquel niño al que en su momento menospreció. Y también contra su arrogancia. El mayordomo suspiró, asintió y empezó a informarle:

—Llegaron noticias del hospital. De los nuestros hay dieciocho muertos y treinta heridos. Y la señorita... como no le atendieron a tiempo la herida de bala, el músculo se necrosó y tuvieron que amputarle una pierna para salvarle la vida.

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