DIÁVOLO II. CAPÍTULO 15. Cada pieza en su lugar
—No, lo siento. Parece que no nos entendemos —dijo poniendo el uniforme a un lado.
—Mira, no sé qué te haya prometido el jefe, pero mientras estés bajo este techo, trabajas como todas los demás. Ponte eso y empieza a limpiar.
Eyra sintió que el calor subía a sus mejillas, una mezcla de vergüenza y rabia. No sabía si era porque la mujer la trataba como una simple empleada o porque, en el fondo, sabía que su situación allí no era muy diferente.
—Yo no soy una empleada —respondió finalmente, con la voz más firme de lo que esperaba, y la mujer la miró con una sonrisa burlona.
—¿Ah, no? —La voz de la mujer era cruda y ofendida—. Pues me imagino que tienes otra forma de serle útil… pero no te des tanto crédito, aquí todas servimos al jefe, cada una a su manera.
Eyra apretó los labios, reprimiendo una respuesta mordaz. En lugar de seguir discutiendo, dejó el uniforme sobre una mesa y se dirigió hacia la cafetera, sirviéndose una taza sin pedir permiso. Sentía las miradas de las demás mujeres sobre ella, pero decidió ignorarlas.
Pero aunque no reaccionara, las palabras de la mujer seguían resonando en su cabeza: "Aquí todas servimos al jefe, cada una a su manera." Y ella era parte de ese “todas”, no debía olvidarlo, simplemente era… una más.
Eyra dio media vuelta con intención de marcharse, pero antes de dar siquiera un paso, la mujer la detuvo con un empujón que la hizo tambalearse hacia un lado.
—¿A dónde crees que vas? —gruñó cruzándose de brazos frente a ella como una barrera infranqueable—. Si no vas a obedecerme, puedo llamar a los hombres de la casa para que te saquen de aquí a patadas. O mejor, puedo encargarme de ti más tarde, cuando el señor decida entregarte para el servicio, porque de ninguna manera esperes que pase algo distinto.
Eyra se quedó helada por un instante. Las palabras de la mujer resonaron en su cabeza con una crudeza que la dejó sin aliento. No podía evitar pensar en lo que había dicho: “entregarte para el servicio”.
¿Era eso lo que todos pensaban de ella? ¿Que no era más que el desahogo de Adriano, algo que eventualmente pasaría también a manos de otros si él lo decidía?
La idea le encendió una furia que no supo de dónde vino. No, ella no estaba ahí para ser un objeto de uso, y mucho menos iba a permitir que esa mujer, claramente llena de resentimiento, la tratara como tal.
—Tú no tienes ni la más mínima idea de quién yo soy en esta casa —siseó.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: DIÁVOLO. Una esclava para el monstruo