DIÁVOLO II. CAPÍTULO 14. una extraña bienvenida
Era capaz de temblar. Aquella expresión de depredador del italiano… cada palabra que salía de su boca… todo le hacía sentir a Eyra que ni siquiera alcanzaba a dimensionar el asunto en el que se había metido. Pero ya era demasiado tarde para echarse atrás.
Adriano la observó con esos ojos oscuros que parecían penetrar hasta lo más profundo de su ser y ella intentó bajar la mirada, pero antes de que pudiera evadirlo, sintió sus manos sujetando su nuca y tirando de su cuerpo hacia su boca. No fue un beso dulce ni tierno; fue posesivo, urgente y lleno de determinación; como una sentencia, como si estuviera dejando claro que ella le pertenecía, que ahora era parte de su mundo y no había marcha atrás.
Por un instante, Eyra pensó en resistirse, en alejarlo, pero era imposible negar que cuando se trataba de él, su voluntad podía flaquear. Se rindió al beso, sus dedos se aferraron a su camisa mientras sentía su cuerpo contra el de Adriano, y juraba que podía sentir cómo la temperatura subía entre los dos como un volcán a punto de estallar.
Cuando finalmente él se apartó un poco, la miró con una sonrisa de satisfacción, paseando su aliento aún cálido contra sus labios.
—Primero necesitas un baño para relajarte —murmuró, con la voz grave y cargada de muy muy malas intenciones.
—¿Vas a…? —A Eyra se le ahogó la voz porque ni siquiera sabía si debía esperar una orden o ser un poco más… proactiva. Pero respiró hondo y terminó la frase—. ¿Vas a entrar conmigo?
Por un segundo los labios del italiano se curvaron en una pequeña sonrisa de satisfacción. Quería obediencia, eso era cierto, pero tampoco era necesario un robot sumiso a su disposición, y el hecho de verla tomar la iniciativa le gustaba. Pero cuando estaba a punto de responder, justo en ese momento, sonó un golpe en la puerta y Adriano dejó escapar un gruñido bajo, claramente molesto por la interrupción.
—¿Qué? —ladró sin molestarse en suavizar el tono.
La puerta se entreabrió, y uno de sus hombres, un tipo robusto con la cara marcada por cicatrices, asomó la cabeza.
—Tuvimos una situación con uno de los cargamentos, jefe —dijo sin rodeos y Adriano soltó un suspiro pesado y pasó una mano por su cabello.
—Voy enseguida —respondió y luego se giró hacia Eyra mientras su expresión se volvía seria—. Parece que esta noche no es nuestra noche, preciosa. Tengo que irme.
Eyra no dijo nada, pero su silencio parecía hablar por ella, y Adriano arqueó una ceja, adivinando lo que no se atrevía a preguntarle.

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