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DIÁVOLO. Una esclava para el monstruo romance Capítulo 95

DIÁVOLO II. CAPÍTULO 13. La casa de Il DIávolo

La mujer frente a ella suspiró, dejando caer los hombros en señal de rendición.

—Lo sé, Moon, pero estoy dispuesta a pagar el mío. Quizás de todas las personas en el mundo tú seas una de las pocas que puede entenderlo —murmuró—. Pero a veces tenemos que hacer cosas… para sobrevivir. Cosas necesarias… aunque no sean las más cuerdas.

Moon frunció el ceño y la observó durante un largo momento antes de asentir con resignación. Era cierto, ella lo sabía mejor que nadie.

—Entonces hazlo bien —le advirtió—. Con Il Diávolo solo se puede recorrer un camino, nena. Asegúrate de que el tuyo deje su marca.

Le dio un beso en cada mejilla y la abrazó con familiaridad antes de salir de la habitación y dejarla terminar de recoger las pocas cosas que tenía.

Solo un par de horas después, ya de noche, una camioneta de cristales entintados llegó a recogerla. Eyra les dio un rápido “hasta luego” a las niñas y al padre Abraham, y a pesar de lo nerviosa que estaba, cuando agarró su bolsa para marcharse, sus manos no estaban temblorosas. El corazón le latía con fuerza mientras uno de los hombres le abría la puerta y la ayudaba a subir a la camioneta, y luego el camino se convirtió en una extraña mezcla de miedo y expectación.

El precio de su decisión estaba a veinte minutos en auto, y como le había dicho a Moon, estaba dispuesta a pagarlo, pero no pudo evitar que desde el mismo instante en que travesó las rejas de aquella propiedad se le encogiera el corazón.

La mansión de Adriano era todo lo que se podía esperar de él y más. Más grande, más imponente y, de alguna manera, más fría que la que la de su hermano Aurelio. Al bajar del vehículo, sus ojos recorrieron las enormes puertas dobles y las luces que iluminaban la fachada. Era un lugar diseñado para impresionar, pero por desgracia eso era todo.

—Puede entrar, señora —le dijo uno de los hombres con respeto y sin más guía Eyra caminó dentro del salón recibidor de triple altura, que terminaba en una cúpula de vidrio que parecía infinita.

Eyra miraba todo, pero no había ni una gota de curiosidad en sus ojos. Y no sabía que Adriano la observaba en las sombras, como si fuera una extensión de la casa misma. Su figura emergió lentamente, caminando con la calma de alguien que sabía que era dueño de todo lo que lo rodeaba, incluyendo a las personas; y Eyra no fue capaz de detectarlo hasta que lo tuvo tras ella.

—¿Qué piensas? —preguntó con esa voz baja y controlada, rompiendo el silencio.

Eyra dio un respingo, sorprendida porque no sabía en qué momento se había colocado a su espalda. Trató de girarse hacia él, pero antes de que pudiera responder, las manos de Adriano se posaron firmemente sobre sus caderas, deteniendo cualquier intento de moverse.

—Dime lo que piensas —insistió, y Eyra se estremeció cuando su aliento cálido rozó la piel de su cuello.

—No estoy... —intentó disculparse, pero él la interrumpió.

—No quiero excusas, Eyra. Desde el momento en que pisaste esta casa eres mía, así que espero obediencia en todos los sentidos, y resulta que pensar también es parte del trato. Di lo que estás pensando.

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