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DIÁVOLO. Una esclava para el monstruo romance Capítulo 94

DIÁVOLO II. CAPÍTULO 12. Un precio muy alto

Eyra levantó la mirada hacia él, y su corazón golpeó con tanta fuerza contra su pecho que creyó que lo rompería.

—¿Qué más?

Adriano inclinó la cabeza mientras sus ojos brillaban con una intensidad peligrosa.

—No pienso follarme a un maniquí. Si vas a ser mi amante necesito saber si hay química entre nosotros. No podemos tener un hijo si va a resultar que no nos gustamos…

El italiano vio cómo las pupilas de Eyra se dilataban y daba un inconsciente paso atrás bajando la mirada, y no pudo evitar que aquel gesto le provocara cierta curiosidad. ¿Qué era lo que estaba viendo? ¿Vergüenza?

—Eyra, eres una mujer lindísima —murmuró y la poca ternura que no tenía se le salió cuando la vio sonrojarse—. Y yo tampoco estoy tan mal.

La vio cerrar los ojos y tratar de controlar una risita nerviosa, como si no pudiera creer que él acababa de decir eso.

—No pido mucho, solo… digamos que algo de disposición en medio de la obediencia. —Hizo una pausa y su voz bajó hasta convertirse en un susurro cargado de desafío—. Bésame.

Eyra sintió cómo la sangre le subía al rostro. Sabía que no había espacio para negarse, ni siquiera para vacilar. Así que siguió aquella orden disfrazada de susurro y trató de ocultar el temblor de sus manos mientras se cruzaban tras el cuello de Adriano. Tiro de él, sellando aquel beso que inició tentativo, lento, como un roce que apenas parecía verdadero. Sin embargo, al segundo siguiente, la realidad la golpeó sin que lo esperara: no tenía que fingirlo.

Aquel hombre le gustaba. De verdad le gustaba.

Y Adriano respondió a su beso con una intensidad que la hizo temblar. Una de sus manos se deslizó hacia la cintura de Eyra, atrayéndola contra él mientras la empujaba hacia la apred y su otra mano fue a apoyarse allí, encerrándola en aquel pequeño espacio. El beso se volvió más profundo, más urgente, y Eyra sintió cómo la habitación desaparecía, dejando solo la sensación de su boca contra la de Adriano, de sus manos firmes sosteniéndola.

Cada caricia suya era nueva y excitante, y su cuerpo reaccionó antes que su mente. Sus dedos se aferraron a sus hombros, buscando algo a lo que sujetarse mientras una ola de calor la recorría de pies a cabeza. Su respiración se volvió irregular, y un gemido escapó de sus labios antes de que pudiera detenerlo.

Adriano sonrió contra su boca, y sus manos descendieron lentamente por sus costados.

—La química no se puede negar —murmuró con aquella voz ronca por el deseo.

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