DIÁVOLO II. CAPÍTULO 11. Un pacto con la bestia
Adriano ladeó la cabeza, evaluándola con ojos calculadores. Era vulnerable y desafiante a partes iguales, y eso era… conmovedor en alguien en su situación.
Asintió lentamente, como si estuviera considerando sus palabras.
—Acepto. Pero solo porque me gusta un buen desafío. —Hizo una pausa y la miró a los ojos—. ¿Y cuál es tu otra condición?
Eyra respiró hondo, sabiendo que lo que iba a decir ahora era aún más importante.
—No me separarás de mi hijo. Donde él vaya, yo voy. No me importa ser tu amante, no quiero ser esposa, no quiero protagonismo, ni dinero, ni poder, solo quiero que jamás me apartes de él. No me importa quién o qué sea para ti, o si planeas convertirlo en el próximo emperador del mundo, para mí siempre va a ser mi hijo y solo eso, y lo único que aceptaré de tu parte hacia él será un amor incondicional. ¿Entiendes?
Por primera vez, algo cambió en la expresión de Adriano. La dureza en sus ojos pareció suavizarse, aunque su postura seguía siendo firme, y nadie podía imaginar las emociones que le estaban vibrando dentro en aquel mismo instante.
—Por mi parte, acepto —dijo finalmente, y una leve sonrisa apareció en sus labios—. Pero si hablamos de condiciones, yo también tengo las mías.
Eyra lo miró con cautela, sintiendo que la balanza podía inclinarse en cualquier dirección.
Sabía que aquella decisión cambiaría el curso de su vida para siempre. Lo que no sabía era si eso sería su salvación... o su condena.
Eyra había estado al borde de un colapso emocional y mental desde hacía años, aunque nadie lo supiera. Precisamente por eso había terminado en la iglesia con el padrecito Abraham. ¿Qué era médico? Sí. ¿Qué no podía ejercer libremente con su nombre? También.
Su vida había pasado de ser un cuento de hadas a ser una novela de terror en cuestión de pocas horas, y aunque más que quince años habían pasado ya de eso, aquellas heridas seguían torturándola como si todo fuera demasiado reciente.

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