DIÁVOLO II. CAPÍTULO 10. Condiciones
Bastaba con mirarlo a los ojos para entender que el hombre frente a ella no solo creía lo que decía, sino era una verdad absoluta. En su mundo Adriano Viscontti era el rey, el depredador, y Eyra era lo bastante inteligente como para admitir que jamás había conocido a nadie igual.
Sin embargo después de unos segundos sus realmente no veían nada. Su mente estaba atrapada en las palabras de aquel hombre, resonando una y otra vez: “¿Qué estás dispuesta a ofrecer a cambio de dejar de sentir miedo?”
Sentía impotencia, y una rabia sorda que no había podido sacudirse desde que era casi una niña. Todo en su vida había sido decidido por otros: el destino de su familia, la huida constante, el miedo que la acompañaba como una sombra. Había sido un peón, ni más ni menos, y tal como en el ajedrez, los peones estaban destinados a morir.
Ahora Adriano le ofrecía una oportunidad. Sí, quizás era una oferta fría y calculada, pero era una posibilidad de recuperar algo que nunca había tenido: control.
Cuando finalmente salió de sus pensamientos, Adriano seguía allí, como si intentara leer en sus ojos en lugar de esperar una respuesta.
—Tienes razón —susurró haciendo que el italiano arrugara el ceño porque no había imaginado que una mujer le diera razón nunca.
—¿Me tengo que hacer el muerto o algo? —gruñó, pero Eyra cerró los ojos con cansancio.
—He sido una presa toda mi vida. Y quiero cambiar eso. Necesito hacerlo.
Él levantó una ceja, intrigado, y se le acercó aun más.
—¿Y qué vas a hacer al respecto? ¿Crees que yo soy tu solución?
—No lo sé. Primero, quiero entender qué esperas de este trato —dijo con voz más firme de lo que realmente se sentía—. ¿Qué esperas que sea tu hijo? ¿Un rey o un peón?
Adriano soltó una risa baja, aunque sus ojos se oscurecieron un poco. Se aproximó más, hasta que estuvo lo suficientemente cerca para que ella pudiera sentir su aliento como parte de su aire para sobrevivir.
—No te confundas, Eyra. Mi hijo será un rey. —Hizo una pausa, inclinándose ligeramente hacia ella—. En especial porque no tengo intención de tener ninguno más.
Eyra tragó saliva, intentando procesar esas palabras. Adriano siempre hablaba con una seguridad arrolladora, como si el mundo entero ya estuviera bajo su control. Pero algo en su tono la hizo sentir que esta vez no era solo arrogancia, sino una promesa inquebrantable.
—¿Y qué pasa con la madre de ese rey? —preguntó y su voz no pasaba de un susurro.
Adriano inclinó la cabeza, evaluándola con una mezcla de curiosidad y cautela.

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