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DIÁVOLO. Una esclava para el monstruo romance Capítulo 91

DIÁVOLO II. CAPÍTULO 9. Una amante para la bestia

Pasó saliva cuando lo vio alejarse y decidió no seguirlo, así que solo unos minutos después se metía en su habitación y peleaba con controlar aquellos nervios. Sin embargo ni siquiera estaba cerca de lograrlo cuando un portazo la sobresaltó, y Eyra se enderezó de golpe, con el corazón en la garganta, solo para dar la vuelta y ver cómo Adriano entraba en la habitación con esa expresión decidida que lo caracterizaba.

Cerró la puerta detrás de él y giró la llave con calma, pasando luego el seguro. La tensión en el aire era palpable y Eyra abría y cerraba los labios sin que nada saliera de ellos realmente.

—¿Qué… qué estás haciendo? —preguntó finalmente tratando de sonar firme, aunque su voz tembló ligeramente.

Adriano no respondió de inmediato. En lugar de eso, se acercó a ella con pasos seguros, hasta que la distancia entre ambos se redujo a casi nada. Su mirada, oscura y penetrante, parecía atravesarla casi dolorosamente.

—La pregunta es: ¿qué estás haciendo tú? ¿Por qué viniste? ¿Por qué escuchas conversaciones privadas detrás de las puertas? —gruñó él sujetando su cara con fuerza y disfrutando de la forma en que le cortaba el aliento.

—Yo no… no quiero nada, lo siento. Lo siento, no debía escuchar…

—¿Tienes idea de cuál es la principal razón por la que sigo vivo y al mando de Il Diávolo? —le preguntó con esa voz baja y grave que parecía vibrar en el aire—. Es porque siempre he sido capaz de intuir lo que la gente quiere. Y tú, muñeca... no eres una excepción.

Eyra sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. Su instinto le decía que debía alejarse, tratar de soltarse, poner más distancia entre ellos, pero algo en la intensidad de aquel hombre la mantenía clavada en su lugar.

—No sé de qué estás hablando… —murmuró desesperada y Adriano sonrió: una sonrisa ladeada, arrogante, como si la tuviera exactamente donde quería.

—Claro que lo sabes. Lo he visto en tus ojos desde el primer momento en que me miraste.

—¡No te quiero a ti! —exclamó ella.

—Entonces quieres lo que soy. —La voz de Adriano se volvió más baja, casi un susurro—. Mi poder, mi protección, mi seguridad. Quieres dejar de sentir miedo, Eyra, y no puedes ocultarlo.

Adriano vio aquellas pupilas claras dilatarse y casi pudo leer sus pensamientos. “¿Cómo podía saberlo?” “¿Cómo podía ver tan fácilmente algo que ella misma apenas había empezado a admitir?” Adriano dio un paso más cerca, pegando completamente su cuerpo al de la muchacha y la sintió estremecerse.

—¿De verdad crees que me pasó desapercibida tu expresión cuando te llamé “presa”? —Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran hondo—. Eres un maldito libro abierto para mí: una mujer que ha vivido huyendo, siempre mirando por encima del hombro. Siempre aterrada de que vuelvan por ti. ¿No es cierto? —susurró a pocos centímetros de su boca—. Dime, Eyra, ¿cuánto tiempo llevas sin sentirte segura?

Las palabras de Adriano la golpearon como un mazazo. Eyra apretó los labios, tratando de no quebrarse, pero era inútil negar lo obvio.

—Mucho tiempo —admitió en voz baja—. No conozco la seguridad desde hace años. No veo a mi familia desde hace años. Siempre estoy sola, siempre con miedo, porque alguien, en algún lugar… quiere lastimarme.

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