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DIÁVOLO. Una esclava para el monstruo romance Capítulo 88

DIÁVOLO II. CAPÍTULO 6. Un amable recordatorio

El señor Viscontti, primera cabeza de Il Diávolo, tenía la obligación de ser un hombre completamente controlado. Pero más allá de eso, la condición de “inmutable” simplemente estaba en su naturaleza, lo había sabido a lo largo de los años, desde que el primer gran castigo de su padre le había costado la vida a su mejor amigo.

Desde entonces había tenido a sus dos hermanos, a las protegidas de la familia e incluso a sí mismo al borde de la muerte y podía jurar que nada, absolutamente nada podía acelerarle la sangre como se la aceleraba aquella mujer con solo mirarlo. El problema era que no sabía por qué.

Frunció el ceño porque era mejor aparentar molestia que curiosidad, y se acercó aun más a ella contra aquella pared.

—¿Por qué dices eso?

Eyra se apartó ligeramente, aunque sus piernas temblaban.

—Porque un hombre como tú difícilmente puede dormir una noche completa. Tú mismo lo has dicho. Hay dos tipos de animales que no duermen bien: las presas y los depredadores y tú, señor Viscontti… eres uno de ellos. ¿No es así?

Adriano la soltó lentamente, pasando saliva para disimular la forma en que aquella mujer lo hacía sentir

—El cocodrilo más grande del puto pantano. El hipopótamo más cabrón del río. Exactamente así —sentenció antes de darse la vuelta, pero una mano de la doctora sobre su antebrazo lo detuvo, y Adriano no pudo dejar de pensar que si ella no llevara aquellos guantes probablemente un escalofrío lo habría recorrido.

—No hace falta ni que lo digas, eres la bestia más grande en la cadena alimenticia —replicó ella—. Pero resulta que la bestia tiene un balazo en una pata y yo tengo pasión por la protección animal. Así qué… ¿te sientas para coserte o prefieres seguir exhibiendo el hueco que te hizo esa bala?

Por un momento Adriano la miró como si no pudiera creer lo que acababa de decir.

“¿Protección animal? ¿En serio?”

Sin embargo la curiosidad en él era más fuerte que las ganas de nalguearla por ese desafío (al menos de momento), así que se sentó una banca cercana y no hizo ni el más mínimo sonido mientras ella abría su maleta médica y curaba su herida. Era absolutamente metódica y delicada, pero ni por asomo Adriano podía imaginar lo que ella estaba cruzando por su cabeza en aquel momento.

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