DIÁVOLO II. CAPÍTULO 5. Una travesía peligrosa
Mientras los hombres trabajaban para reubicar a las niñas en los vehículos, y sobre todo de calmarlas, Eyra se acercó nuevamente al italiano, que estaba revisando un mapa en el capó de una de las camionetas, porque él era de la vieja escuela: la ira de Dios, emisoras de radio y mapas de papel.
—Cuando lleguemos al próximo lugar, vas a dejarme revisar tu brazo, ¿entendido? —dijo con un tono que no admitía discusión.
Adriano levantó la mirada y sonrió levemente, esa sonrisa arrogante que era capaz de irritar y fascinar al mismo tiempo… pero a ella no.
—Primero déjame asegurarme de que lleguemos al próximo lugar. Luego hablamos.
Eyra quiso replicar, pero los ojos de aquel hombre eran una orden muda. Sabía que discutir con él era inútil, y además, en el fondo, estaba agradecida. Adriano la había protegido sin dudar, incluso poniéndose en peligro. Eso decía mucho más de él de lo que él mismo estaba dispuesto a admitir.
La caravana dejó el hotel de carretera en medio de la oscuridad, moviéndose rápido hacia su próximo destino. Eyra, sentada en uno de los vehículos con algunas de las niñas, miró por la ventana mientras el paisaje nocturno pasaba como un borrón. Su mente estaba enredada en un torbellino de pensamientos, comenzando con cómo era posible que una bestia capaz de hacer una masacre en menos de diez minutos, también tuviera el instinto protector tan disparado para cuidar hasta con su propia vida a un grupo de niñas que no conocía.
La contradicción era demasiado grande, pero por desgracia no había tiempo para grandes reflexiones, todos tenían que enfocarse en lo mismo, que era sobrevivir hasta llegar a Italia.
El segundo día en carretera fue interminable. La caravana avanzaba lentamente, cada kilómetro robando más energía a las niñas, a los hombres de Adriano, y especialmente a Eyra. Ella seguía atenta, asegurándose de que todas estuvieran cómodas, repartiendo agua, bocadillos y palabras de consuelo.
Al caer la noche, la caravana se detuvo en otro hotel, muy cerca de la frontera de Italia. Si seguían conduciendo podrían llegar a casa pasada la media noche, pero los conductores necesitaban dormir un poco para no provocar un accidente.
Todos estaban realmente cansados, unos pocos con heridas superficiales, pero aun así Adriano organizó turnos de vigilancia y repartió comida caliente. Las niñas se acomodaron rápidamente en sus habitaciones, pero Eyra, como la noche anterior, no se detuvo.
El padre Abraham se acercó a ella mientras caminaba de un lado a otro y puso una mano sobre su hombro.
—Eyra, debes descansar. Has hecho más que suficiente por hoy.
Pero ella negó con la cabeza, cruzando los brazos sobre el pecho.

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