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DIÁVOLO. Una esclava para el monstruo romance Capítulo 86

DIÁVOLO II. CAPÍTULO 4. El instinto de la presa.

Eyra lo miró, sorprendida por lo rápido que reaccionaba, sacando incluso sus propias pistolas y alistándolas

—¿Esto es… ? —preguntó acercándose con cautela—. ¿Esto es solo por una corazonada que tengo?

Adriano se giró hacia ella, y sus ojos oscuros se fijaron en los suyos.

—Sabiendo que no es agradable la explicación, te la daré: Lo hago porque las presas están acostumbradas a presentir al depredador. Y es evidente que tú has sido una —sentenció y Eyra sintió un nudo en la garganta ante sus palabras, pero no le respondió.

Había querido ocultar esa parte de su vida, pero con Adriano parecía imposible, como si pudiera a través de ella aún sin saber nada de su historia. No era el tipo de hombre al que se le pudiera mentir con facilidad.

Pero quizás tuviera razón, quizás ella estuviera acostumbrada a ser una presa y presentir el peligro, porque no habían pasado ni diez minutos cuando el rugido de motores interrumpió el silencio de la noche.

Adriano se tensó y sus hombres se movilizaron al instante, ocultándose. Varias camionetas y sedanes se detuvieron frente al hotel, y sus luces iluminando el área como si fuera pleno día. Desde uno de los autos, un hombre salió gritando órdenes.

—No hace falta que quede vivo nadie que no sea estrictamente necesario. ¡Maten a todos! Recuperen a las niñas, ¡rápido!

El primer disparo no retumbó en el aire solo porque las pistolas llevaban silenciadores y porque los hombres de Adriano eran expertos en asesinar sin hacer escándalo, así que en cuestión de segundos un caos silencioso estalló. Los atacantes intentaban responder sin mucho éxito, pero la primera cabeza de Il Diávolo era solo uno de los que atacaba con precisión letal, cubriendo las entradas y protegiendo el ala donde estaban las niñas.

Muy pronto se dieron cuenta de que los estaban asesinando uno tras otro y entonces los gritos empezaron a llenar el aire mientras avanzaban con furia, pero no contaban con la organización ni la experiencia del equipo de Adriano.

Y mucho menos con la aquella rabia calmada del Diávolo.

Adriano estaba en la primera línea, disparando con precisión mientras daba órdenes.

—¡Fabio, cúbreme! ¡Vinicio, cuidado a las tres en punto!

Eyra se había refugiado detrás de una de las habitaciones cerca de la entrada, su corazón latía a toda velocidad mientras hacía que las niñas que tenía junto a ella se escondieran en el baño, y luego volvió a la puerta. Desde allí podía ver a Adriano moverse como si el caos fuera su elemento natural, su arma siempre en la dirección correcta, o su puño… o… ¿aquello era un cuchillo?

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