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DIÁVOLO. Una esclava para el monstruo romance Capítulo 85

DIÁVOLO II. CAPÍTULO 3. Habilidades básicas de manipulación

—Padrecito Abraham, esta es la suya… —carraspeó Adriano tratando de concentrarse.

—Gracias hijo —respondió el padre tomando la mochila de su mano y las niñas empezaron a ver con curiosidad cómo cada uno de los hombres tomaba una mochila y se la echaban al hombro como si fueran niños.

—¡Yo quiero la de Barbi! —dijo uno de ellos con toda la actitud.

—Y yo quiero la de Pinky Pie —sentenció Vinicio.

—Pero… —Aquella vocecita se alzó entre todos y cada par de ojos allí se giró hacia una de las niñas más pequeñas—. Pero es que yo quería la de Pinky Pie… —susurró y Vinicio se agachó frente a ella.

—Bueno, puedes tener la de Pinky Pie, yo tomaré otra, ¿de acuerdo?

La niña alargó la mano con un gesto tentativo, pero después de que ella tomara su mochila, todas las demás se animaron a agarrar una.

Adriano le hizo un guiño a la doctora y siguió repartiendo las cosas hasta que cada una estuvo sentadita, comiendo y entretenida con sus juguetes.

—Eso fue increíble, gracias —dijo ella acercándose poco después.

—Habilidades básicas de manipulación, no me des tanto crédito —aseguró él—. Me daré por bien servido con que Renzo encuentre a los desgraciados que se las llevaron de sus casas y los mate a todos. Lentamente, si es posible.

Eyra se quedó en silencio por un momento, observándolo con atención; y Adriano frunció el ceño, suponiendo que la había ofendido.

—¿Supongo que como doctora crees que no se debería matar a nadie? —preguntó con sorna, pero para su sorpresa Eyra soltó una risa breve, seca, que no llegó a sus ojos.

—Hace mucho tiempo entendí que no todas las vidas son sagradas, señor Viscontti —replicó—. Algunos simplemente no merecen respirar.

Adriano levantó una ceja, sorprendido por la frialdad de su respuesta. Había esperado algo más idealista de alguien como ella, quizás que tosiera algunas mariposas y arcoíris o algo así; pero esas palabras le confirmaban que la doctora cargaba con sus propios demonios.

Ninguno de los dos dijo nada más, y al caer la noche se detuvieron en un pequeño hotel de carretera. Adriano no se molestó en negociar. Rentó todo el primer piso, asegurándose de que ninguna habitación quedara vacía o accesible para extraños. Sus hombres montaron guardia afuera, revisando el perímetro mientras las niñas se acomodaban y tenían un baño y una cena caliente. La parte buena era que entre pasta y pollo frito era fácil contentarlas a todas.

Muy pronto algunas de ellas comenzaron a dormirse, agotadas por el viaje y el miedo constante.

Eyra, sin embargo, no podía quedarse quieta. Caminaba de un lado a otro por el pasillo, abriendo y cerrando puertas para asegurarse de que todas las niñas estaban bien. Adriano la observaba desde el otro extremo, apoyado contra la pared con los brazos cruzados.

Después de un rato, se acercó con dos vasos de café caliente y le ofreció uno.

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