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DIÁVOLO. Una esclava para el monstruo romance Capítulo 84

DIÁVOLO II. CAPÍTULO 2. Un escalofrío inesperado

Los ojos de Adriano Viscontti recorrían el rostro de aquella mujer, como si estuviera forzando su mente al máximo para recordarla, pero ella solo le devolvió una mirada de incertidumbre.

—¿Estás segura de que no nos conocemos? —preguntó, con los ojos oscuros fijos en cada gesto de su cara.

Había algo en ella que le erizaba la piel. Su rostro le era vagamente familiar, como si la hubiera visto en otro lugar, en otro tiempo.

Eyra sostuvo su mirada sin parpadear, pero por dentro su mente trabajaba a toda velocidad.

“¿Y si sí?” pensó fugazmente.

Tal vez, en otra vida, antes de que todo se derrumbara, antes de que se convirtiera en la persona que era ahora, aquel hombre hubiera cruzado su camino. Pero eso ya no importaba. No podía permitirse que nadie, y mucho menos él, hurgara en su pasado. Su supervivencia dependía, literalmente, de mantener esos secretos enterrados.

—Lo siento, no he vivido nunca en Italia —aseguró la doctora con calma y pasó a su lado para ir a subirse a la camioneta con las niñas más pequeñas, que se apretujaron a su alrededor buscando seguridad.

Adriano hizo un gesto contrariado, como si ese cerebro prodigioso suyo le estuviera jugando una mala pasada, pero finalmente se despidió de su hermano, asegurándole que tanto las niñas como la doctora y el padrecito Abraham estarían más que protegidos a partir de ese momento.

Quizás inconscientemente, o quizás a propósito, decidió subirse en la camioneta en la que ella iba, y vio cómo algunas niñas se aferraban a su ropa como si fuera un ancla en medio del caos. Eyra las calmaba con palabras suaves, susurradas, y les acariciaba el cabello con una ternura que Adriano no esperaba ver en alguien con esa mirada fría y callmada.

Segundos después, la caravana de vehículos arrancó, dejando atrás la iglesia; y la vista de Adriano volvía constantemente al retrovisor, donde podía ver a Eyra en el asiento trasero. Sus manos gesticulaban mientras hablaba con las niñas, asegurándose de que cada una estuviera bien abrigada con las mantas que habían encontrado en la iglesia.

“Tiene talento para esto”, pensó. “Demasiada paciencia para alguien que vive en este mundo”.

Luego todo fue silencio y cansancio. El frío se intensificaba a medida que avanzaban por las carreteras desiertas. Subir a un avión con veintiocho menores sin documentos era inviable, incluso aunque fuera un avión privado, así que tendrían que hacer el viaje de regreso a Italia por carretera, donde las fronteras ya estaban debidamente pagadas y aseguradas.

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