DIÁVOLO II. UNA AMANTE PARA LA BESTIA
Adriano Viscontti, primera cabeza de Il Diávolo, es el hombre al que todos le deben favores, sin embargo una circunstancia complicada lo hace comprometer su palabra con la Mamma de la ´Ndrangheta. Y ella casi no le pide nada, solo un heredero, un hijo suyo que sea criado bajo la educación de la mafia italiana para emparentar a las dos familias.
Por supuesto que Il Diávolo está decidido a cumplir su palabra, porque para eso no necesita una esposa, basta con una amante y el contrato correcto. Sin embargo, cuando la mujer que está dispuesta a darle todo lo que quiere llega a su vida, Adriano Viscontti descubrirá que no todos los recuerdos del pasado pueden borrarse, que no todos los pecados pueden redimirse, y que a veces ser la bestia que todos creen que eres es menos letal que comprometer el corazón.
CAPÍTULO 1: Un deja vú
“¡Maldita sea! Eres un inútil, Adriano. ¡No sé ni por qué sigo perdiendo el tiempo contigo!”
La voz de su padre retumbaba en la habitación, helada, cortante. Adriano estaba de pie, rígido pero con la mandíbula apretada, mientras el hombre que lo había criado lo miraba con una mezcla de desprecio y frustración.
“¡Esta es tu última oportunidad! ¡No te daré otra!” continuó su padre, levantando una pistola con la mano derecha y apuntando hacia la mesa frente a ellos. Sobre esta había una fotografía. Una chica muy joven, casi una niña, de ojos verdes y pelo castaño recogido en un moño desordenado. Ailen Doria. La hija del magnate Sergio Doria. “¡Te ordené que la mataras y no lo hiciste!”
“¡Porque no fue necesario! ¡El trabajo está hecho! ¿No? ¡Todos tienen lo que querían, simplemente no hubo necesidad de matarla!” se defendió Adriano alzando la voz. “¡No entiendo cuál es el problema!”
“¡El puto problema es que a ti no te da la gana de obedecer órdenes”, rugió su padre furioso. “¡Y si yo decido que habrá una tumba nueva en el cementerio, entonces eso es lo que se me entrega!”
“¡Pues vas a tener que hacerlo tú mismo, porque yo no lo haré!”
Su padre bajó lentamente el arma, con un rastro de profundo desprecio en la mirada.
“Inútil. Igual que tu madre”, siseó y luego, sin aviso, giró la culata y la estrelló contra la cara de su hijo.
El golpe fue seco, brutal, y lo hizo caer al suelo como un muñeco roto, mientras su visión se nublaba por un destello de dolor y de sangre…
Adriano despertó de golpe, con el pecho subiendo y bajando descontroladamente. Se llevó una mano a la frente para espantar el sudor frío que le empapaba las sienes y confirmó que aquel dolor era algo propio.
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz débil que entraba por la ventana, inofensiva y vacía. El enemigo era su propio cerebro y el dolor era el efecto de caerse de la cama. Otra vez.
Ese maldito sueño siempre volvía, dejándolo con aquel desagradable sabor de boca. Así que para aliviar el insomnio se levantó y se puso unos pantalones de entrenamiento. Al salir de su habitación, el frío del mármol le recorrió los pies descalzos, pero no le importó.
—¿Señor? —preguntó uno de los hombres de guardia, alzando la mirada desde el extremo de uno de los pasillos de la mansión.
—Voy al gimnasio —respondió Adriano sin detenerse—. No pasa nada.
El gimnasio estaba en la planta baja, equipado con todo lo necesario para sudar la ira acumulada, y Adriano empezó con el saco de boxeo, lanzando golpes que resonaban como disparos en el espacio vacío.
—¿Le ayudo, jefe? —se ofreció de voluntario otro de sus hombres.
—Toma los guantes —gruñó Adriano, deteniéndose solo lo suficiente para tomar aire.
El hombre se colocó frente a él, sosteniendo los guantes de entrenamiento, y un segundo después tenía que olvidar que era su jefe y defenderse si no quería terminar en un hospital de urgencias. Adriano Viscontti era una bestia en todo el amplio sentido de la palabra, simplemente los trajes caros de diseñador lograban disimularlo bien.
Después de media hora, sus nudillos estaban rojos, el sudor corría por su espalda, y su respiración era un rugido.
—Eso es todo por ahora —dijo finalmente, con voz ronca.
Se quitó las vendas de las manos y regresó a su habitación lamentando profundamente no tener una amante fija. Por supuesto que una esposa quedaba totalmente descartada, pero una amante bien podría haberlo hecho sudar y devolverle el sueño de una forma más placentera.
El agua caliente le recorrió la piel, llevándose consigo el sudor y la tensión, pero cuando se miró en el espejo al salir de la ducha, sus ojos se concentraron en esa línea fina pero visible que cruzaba su ceja izquierda. Era un recordatorio permanente de que aquel golpe de su padre años atrás había sido algo muy real.
De repente, el sonido de su teléfono rompió el silencio. Adriano lo tomó de la encimera y respondió sin dudar porque quien le hablaba era su hermano Renzo.
—¿Qué pasa? —lo increpó sin muchas ceremonias.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: DIÁVOLO. Una esclava para el monstruo