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DIÁVOLO. Una esclava para el monstruo romance Capítulo 72

CAPÍTULO 72. Algo importante

—¿Bruselas? —murmuró Moon, pensativa.

—No puedes ir contra el Primer Ministro en su propio país —respondió él porque comprendía su pregunta—. Estoy seguro de que pedirá asilo y ofrecerá el USB a cambio de protección. A fin de cuentas, la información es poder, y parece que es el tipo de mujer que haría cualquier cosa por proteger a su hija.

Moon asintió lentamente y el italiano encendió el coche, alejándose de allí con calma y regresando a la casa segura porque, después de todo, lo que querían presenciar podían verlo a través de las cámaras. Así que en cuanto ella se sentó en el sofá de la sala, él conectó la computadora al televisor, y los dos vieron a Edward Ashford entrando a su casa, con dos guardaespaldas detrás de él y una docena de policías.

Desde el momento en que cruzó la puerta, su expresión de preocupación se transformó en una mezcla de furia y desconcierto.

—¿Dónde está mi esposa? —gritó, lanzando su abrigo a un lado, porque aunque había temido lo peor, lo cierto era que los guardaespaldas que le había asignado a su esposa estaban afuera con la mayor calma—. ¿Dónde está mi esposa…? ¿¡Y mi hija!?

Uno de los hombres del equipo de seguridad le respondió de inmediato.

—Señor, la señora Ashford se fue. Nos dijo que no quería que la acompañáramos y se marchó. Ella… bueno, ella llevaba un par de maletas.

El rostro de Edward Ashford se puso pálido antes de girarse hacia otro miembro del equipo.

—¡Encuéntralas! —rugió, pero diez minutos después los resultados lo hicieron maldecir como un animal herido.

—La señora Ashford sacó a su hija del colegio y tomaron un vuelo hace una hora.

Ashford giró hacia él con una mirada de puro odio, como si no pudiera creer eso de que su esposa se había marchado por su propio pie, llevándose a su hija. Y como si hubiera tenido una epifanía, corrió hacia su despacho y se encontró con aquella caja fuerte abierta y vacía.

—No… ¡No, no, no…! —exclamó desesperado, llevándose las manos a la cabeza; y Moon miró a Renzo con expresión curiosa.

—¿Había algo importante ahí? —le preguntó y vio aquel destello que era mitad crueldad y mitad diversión en los ojos del italiano.

Renzo sacó un pequeño disco de su bolsillo y lo sostuvo frente a Moon.

—Esto es lo que está buscando... pero ahora es nuestro.

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