CAPÍTULO 71. La información es poder
Nadie la detuvo, porque para empezar el Primer Ministro se había quedado tan aturdido que al parecer no había sido capaz de reaccionar a tiempo. O quizás era que en el fondo sabía que detener a aquella mujer era como echarse un lazo alrededor del cuello él mismo.
Lo cierto fue que Moon salió del edificio del Parlamento sin que una sola alma se atreviera a atravesarse en su camino, y fue directamente a los brazos de Renzo, que estaba esperándola en aquel coche negro estacionado al otro lado de la calle. Él la observaba con su expresión usual, calmada pero alerta, mientras ella se acomodaba en el asiento del copiloto.
—Estás tranquila —murmuró el italiano encendiendo el motor, y el orgullo por la mujer que tenía al lado era demasiado visible.
—Tenías razón —respondió Moon con una sonrisa cálida, mirándolo a los ojos—. Tenías razón en todo. La mejor parte de todo esto es dejarlo pensando en su próxima pesadilla.
Renzo asintió, como si hubiera esperado esa respuesta, y apenas pasaron unos minutos cuando una caravana de tres vehículos negros salió del edificio. Renzo y Moon observaron en silencio mientras el convoy se alejaba, escoltando al Primer Ministro, que por supuesto no había esperado a la noche para correr hacia su casa.
—¿Qué tanto lo asustaste? —preguntó Renzo de repente y la vio curvar los labios con expresión satisfecha.
—Lo suficiente como para provocar eso —respondió ella señalando a las seis patrullas de la policía metropolitana que pasaban a su lado como si estuvieran en una carrera callejera—. Todas se dirigen a su casa —aseguró Moon.
Renzo sonrió con un destello de satisfacción. Él sabía mejor que nadie que Moon podía asustar cuando quería, y probablemente le hubiera dejado la impresión al señor Primer Ministro de que estaba dispuesta y podía hacer con su familia lo mismo que había hecho con Madame Lorraine.
—Esto va a ser interesante —murmuró Renzo—. Porque ni él ni la policía van a encontrar lo que buscan.
Moon alcanzó su mano y entrelazó los dedos con los suyos, dándose cuenta de que aunque podía haber librado aquella guerra sola, lo que realmente la hacía feliz era tener a aquel italiano complicado junto a ella en cada batalla.
—¿Me quieres contar cómo fue la pesadilla? —le preguntó y lo vio negar.
—Mejor que lo muestro.

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