Alana contuvo el aliento y se limitó a decir:
—Fue mi decisión.
—Bueno, ya no te regaño. Al menos no conseguiste a alguien peor que el anterior —Gregorio suspiró y luego miró a Caleb—. Quédense a cenar antes de regresar. Voy a echarle un ojo al estofado de pollo.
En cuanto su padre desapareció, Alana se plantó frente a Caleb, furiosa:
—¿Quién te mandó venir? ¿Qué le dijiste a mi padre?
Caleb la miró a los ojos sin inmutarse:
—Tú estás cumpliendo con tus obligaciones ante la familia Lozano, no hay razón para que yo no haga lo mismo con tu familia.
—Que hayas aparecido así solo me complica las cosas —le reprochó Alana sin reparos—. Tú puedes casarte y divorciarte mil veces y nadie se atrevería a abrir la boca. Pero aquí, mi familia va a ser el chisme del pueblo durante muchísimo tiempo.
Caleb no cambió de expresión ni un ápice ante sus quejas:
—Entonces búscate a alguien todavía mejor para que el chisme se convierta en pura envidia.
Alana: "..."
Se quedó tan pasmada que solo le dio risa, sintiendo que ninguna respuesta que pudiera darle iba a tener sentido.
En ese momento, Cristina asomó su cabecita por la puerta:
—Cuñado, ¿mi papá pregunta si vas a querer probar el trago artesanal que hacemos en casa?
...
Cayó la noche.
La mesa redonda se llenó de exquisitos platillos.
Los cuatro miembros de la familia Aguirre, junto con Caleb y Marcos, se sentaron a cenar.
Gregorio levantó su vasito de licor:
—Brindo por el nuevo miembro de la familia Aguirre, el joven... —hizo una pausa y miró a Caleb.
—Caleb Lozano —completó él.

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