Alana se acercó para saludar con educación:
—Hola, buenos días.
—Bienvenidos, pasen, pasen —Doña Lidia sonrió y los apresuró a entrar.
Alana entró y vio que el pequeño patio era rústico y estaba impecable, con una placa de "Familia Militar Honorífica" colgada en el umbral.
La sala principal de la casa estaba llena de diplomas y medallas, además de un par de fotografías amarillentas de la pareja.
El hombre de las fotos llevaba uniforme militar y tenía un aire de rectitud imponente.
La mujer, por supuesto, era doña Lidia en su juventud.
Marcos fue metiendo, uno por uno, los regalos que traían en el maletero.
—¡Por Dios! Para la próxima no me traigan tanta cosa —dijo doña Lidia con tono de regaño—. Vivo sola, ¿cuándo voy a terminarme todo esto? Lo de la vez pasada sigue ahí, sin abrir.
—Está bien, la próxima traeremos menos —rió Marcos.
Doña Lidia negó con la cabeza, resignada, les pidió que se sentaran en el patio y les sirvió té recién hecho. Con una cálida sonrisa, le dijo a Alana:
—Es un lugar muy humilde en el campo, señora Lozano, espero que no le incomode.
—Doña Lidia, no tiene por qué ser tan formal, llámeme Alana —se apresuró a decir.
En ese momento, Marcos salió de la casa:
—Señora Lidia, la lámpara de adentro está fallando y la puerta del armario se cayó. ¿Dónde tiene las herramientas? Déjeme arreglarlo.
—Claro, claro, ahí están —doña Lidia se levantó con una sonrisa—. Pero este muchacho Marcos es terrible con las manos, la última vez casi me derriba la casa. ¿Mejor le pedimos al ministro Lozano que nos ayude?
Caleb Lozano se levantó sin dudarlo, se quitó la chaqueta, la dejó sobre el respaldo de la silla y siguió a doña Lidia hacia el interior.
Poco después, doña Lidia regresó y se sentó junto a Alana:
—Fui a encenderle una veladora a mi esposo. Le dije que el ministro Lozano vino a visitarnos, y que trajo a su esposa.
Suspiró profundamente, llena de nostalgia:
—Antes de que mi viejo nos dejara, hizo un trato con el señor Lozano. Le dijo que, el día que se casara, tenía que traer a su esposa a la casa para conocerla.
—Cuando estaban en el ejército, mi marido era su comandante de pelotón. El señor Lozano era el más joven de todos, así que mi marido lo cuidaba como si fuera nuestro propio hijo.
—Desde que mi marido falleció, el señor Lozano se ha encargado de arreglarme la casa y traerme provisiones, siempre cuidando de esta vieja solitaria. No se deje engañar por esa cara tan seria que siempre pone; en el fondo es un gran hombre. No se equivocó al casarse con él.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡De rodillas, ex esposo! Ahora soy tu tía