El espía seguramente sabía que había fallado en su tarea, porque no se atrevió a contestarle ni a tomarle la llamada.
Esa misma tarde.
Todos estaban reunidos en la sala de conferencias esperando a la nueva líder del proyecto especial.
Yara jugaba inconscientemente con su bolígrafo, con la mirada fija en la puerta.
Sus colegas murmuraban entre ellos, intentando adivinar quién sería esa persona tan importante.
Sabían que venía de parte del Departamento de Seguridad Nacional, así que su rango probablemente superaba incluso al del CEO de la compañía.
Yara le dio un sorbo a su vaso de agua, intentando tragar la frustración, cuando por el rabillo del ojo vio que la puerta se abría lentamente.
El sonido de unos pasos firmes y seguros atrajo la atención de todos en la sala.
Cuando levantó la vista, su corazón dio un vuelco doloroso y casi deja caer el vaso que sostenía.
La mujer que entró llevaba un impecable traje gris oscuro y el cabello perfectamente recogido en la nuca.
Tenía la espalda recta y caminaba con una elegancia serena, observando a todos sin la menor prisa.
Incluso bajo el escrutinio de decenas de desconocidos, no mostró ni un ápice de nerviosismo. Sus ojos brillaban con una seguridad aplastante.
Era como si esa sala le perteneciera por derecho.
¡¿Alana?!
La mente de Yara se quedó en blanco por varios segundos. Sintió como si le hubieran vaciado un balde de agua helada encima.
La sorpresa se enredó en su pecho como una enredadera, asfixiándola, y sus dedos se tensaron automáticamente.
Clavó las uñas en las palmas de sus manos, usando ese dolor agudo para forzarse a mantener la calma y no armar un escándalo ahí mismo.
Pero la sorpresa duró poco; la ira la consumió de inmediato.
Sentía que un fuego se le encendía en el pecho, quemándole las entrañas.
¿Por qué?
¿Con qué derecho?


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡De rodillas, ex esposo! Ahora soy tu tía