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Ciega por tu Mentira romance Capítulo 259

Amanda se quedó paralizada.

¿Meterse con su profesor?

¿Acaso se refería a seducir... a Clemente?

A juzgar por su estado, Belén había perdido por completo el contacto con la realidad y la estaba confundiendo con otra persona.

Para no lastimarla, Amanda evitó resistirse de forma brusca.

—Señora Velasco, por favor suélteme. Yo no soy esa mujer de la que habla, me está confundiendo.

Pero Belén estaba completamente enloquecida, con los ojos desorbitados por la furia. Abrió la boca y empezó a vociferar con odio visceral:

—¡Maldita zorra! ¡Claro que eres tú! ¡Aunque te volvieras polvo, jamás te confundiría! ¡Te traté como si fueras mi propia hija! ¡¿Cómo pudiste meterte en su cama?! ¡Él era tu profesor! ¡¿Cómo fuiste capaz?!

Hablaba de manera atropellada, pero la magnitud de su ira era innegable, brotando como un fuego que destruía su último rastro de cordura.

Clemente, que salió corriendo tras ella, se acercó de inmediato y le inyectó un sedante en el brazo.

En cuestión de segundos, el cuerpo de Belén perdió fuerza y se desmayó.

El médico la atrapó antes de que cayera al suelo y, sin decir una sola palabra, la cargó en brazos de vuelta a la habitación.

Después de eso, Clemente se quedó velando el sueño de su esposa por un largo rato. Afuera en la sala, Amanda permanecía sentada sin atreverse a preguntar nada.

Nadie sabe cuánto tiempo transcurrió hasta que, por fin, Clemente volvió a salir. Cerró la puerta tras él con delicadeza y se giró para clavarle una mirada sombría a la joven.

Quizás, el hecho de que su secreto hubiera quedado expuesto hizo que perdiera aquella actitud defensiva del inicio.

Amanda intuyó que el hombre estaba a punto de confesarle la verdad, así que decidió esperar en silencio.

Tras un momento, Clemente encendió un cigarrillo, frunció el ceño profundamente y le dio un par de caladas desesperadas.

—No es que yo no quiera operar a nadie. Es que simplemente mi mano ya no sirve para sostener un bisturí.

Al decir eso, abrió su mano derecha para mostrársela. Amanda pudo ver una cicatriz espantosa que le atravesaba la palma. Aunque parecía ser una herida muy vieja, resultaba obvio que había sido un corte tremendamente profundo.

Se acercó poco a poco a la joven, con una expresión llena de arrepentimiento.

—Te pido una disculpa. Todo lo que sucedió hace un momento no era mi intención. Pierdo el control cuando me dan esos ataques. Seguro te di un susto de muerte.

Seguía sonando tan dulce como antes, tanto que Amanda sentía que hasta levantarle la voz sería cometer un pecado contra ella.

Amanda intentó restarle importancia.

—No se preocupe por eso. Siendo usted una mujer tan buena, ¿por qué habría de tenerle miedo?

A pesar de todo, Belén seguía muy apenada. Tomó asiento a su lado y le sujetó las manos con suavidad.

—A mi esposo le clavé un cuchillo en la mano durante uno de mis episodios psicóticos. Supongo que te has de preguntar por qué nunca quisimos decir la verdad. Tal vez él solo trataba de conservar el último gramo de dignidad que le quedaba.

Amanda volteó a ver de reojo a Clemente. Su rostro era un poema, pero guardó absoluto silencio.

Ya que el secreto se había revelado de forma tan brusca, Belén sintió que le debía a la chica una explicación completa. Después de todo, el daño ya estaba hecho y no tenía caso seguir fingiendo.

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