Belén, siempre tan amable y educada, sonrió.
—Eres una chica muy comprensiva. Qué lástima que de verdad no podamos ayudarte con este asunto.
La mujer emanaba tanta ternura que, incluso al rechazar a alguien de esa manera, era imposible sentir coraje o rencor hacia ella.
Amanda suspiró con genuina admiración.
—Con razón el doctor Velasco la consiente tanto, siendo usted una mujer tan dulce. Hoy en día es muy raro encontrar matrimonios que se amen de una manera tan profunda.
De repente, la sonrisa en el rostro de Belén se congeló, aunque solo fue por una fracción de segundo.
Belén no añadió nada más. Se puso de pie lentamente.
—Voy a ver cómo está mi esposo. Quédate aquí el tiempo que necesites, siéntete como en tu casa.
Tras decir esto, se dirigió a la recámara y entró.
Amanda se quedó sola en la sala. Cuando su cabello ya estaba casi seco, se levantó y se acercó a la ventana. Afuera, la lluvia seguía cayendo a cántaros y ya se habían formado varios charcos en la calle.
Por la intensidad de la tormenta, era evidente que no pararía pronto.
Justo en ese momento, la pantalla del celular de Amanda se iluminó. Era una notificación de su banco confirmando una transferencia exitosa a su cuenta.
¿Un depósito de ciento veinte mil pesos?
Creyó que había leído mal, así que volvió a revisar. En efecto, la cantidad era exactamente de ciento veinte mil pesos.
No necesitaba pensar mucho para saber quién había sido el responsable.
Pobre Hugo, hacerle llegar ciento veinte mil pesos de esa forma no debió ser nada fácil. Una transferencia de ese tamaño no se logra de un momento a otro.
Segundos después, le llegó un mensaje de Hugo por WhatsApp:
[Señorita Solano, se lo juro que no tenía de otra. Ya sabe lo cruel que puede ser el jefe. Me dijo que si no encontraba la forma de regresarle el dinero a su cuenta, me iba a correr.]
Al final del texto, incluyó un sticker con una carita llorando.
Amanda de verdad sintió pena y decidió no seguir complicándole la vida al muchacho.
Así que tecleó su respuesta:
[Mauro es un desgraciado.]
De vuelta en la cabaña, Amanda aprovechó el tiempo para buscar en internet más información sobre Clemente, intentando hallar algún cabo suelto que le sirviera.
De pronto, le pareció escuchar una discusión proveniente de la recámara. No gritaban mucho, pero era indudable que estaban peleando.
Amanda no podía imaginar qué situación podría sacar de sus casillas a una mujer tan dulce como Belén.
De cualquier forma, eso era un asunto de pareja en el que ella no debía entrometerse.
Enseguida, redactó un resumen rápido sobre la situación del señor Velasco y se lo mandó al detective Gerardo Benítez:
[Investígame si hay algún otro motivo por el que se jubiló anticipadamente, además de cuidar a su esposa.]
Gerardo le respondió al instante:
[Entendido.]
Justo en ese instante, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Belén salió y parecía una persona completamente distinta. Estaba histérica, al borde de un colapso nervioso.
Sus ojos se clavaron de inmediato en Amanda. Con las pupilas dilatadas y una expresión demencial, se abalanzó sobre ella y la agarró violentamente de la ropa.
—¡¿Por qué tuviste que meterte con él?! ¡Él es tu profesor!

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