—Todos saben que estoy enferma, pero casi nadie conoce mi diagnóstico. Para que me entiendas en términos simples: soy una loca inestable que puede estallar en cualquier instante.
Belén soltó una risita amarga.
—Antes de enterarme de lo que mi marido tenía con su alumna, yo era una persona completamente funcional. Estaba convencida de que me había casado con el amor de mi vida, me creía la mujer más dichosa del universo...
Ellos dos se conocieron desde sus años en la universidad. Sin embargo, Clemente se inclinó por la cirugía cardiovascular, mientras que Belén se había enfocado en la pediatría.
Lo más irónico del asunto era que, siendo ella una pediatra tan brillante, la vida no le había permitido ser madre.
Se hicieron múltiples exámenes y descubrieron que el problema venía de Belén. Durante su juventud, ella incluso llegó a proponerle el divorcio para no robarle a él la oportunidad de formar una familia. Pero Clemente se negó en rotundo y le juró que, si alguna vez lo obligaban a escoger entre tener un hijo y tenerla a ella, siempre la elegiría a ella sin dudarlo.
Con el tiempo, Belén logró hacer las paces con esa realidad y su matrimonio siguió prosperando. Había que reconocer que él la trataba como a una reina, a tal grado que todas las compañeras del hospital ponían a Clemente como el ejemplo perfecto para reclamarle a sus maridos.
Sin embargo, el mundo de cristal se hizo añicos justo cuando Clemente cumplió los cuarenta y cinco años. Fue entonces cuando Belén descubrió que tenía un amorío con una de sus estudiantes.
Para ella, esa traición fue como si le hubiera caído un rayo encima. El dolor fue tan devastador que su mente simplemente se fracturó. Solo hasta los últimos años su estado mental había logrado estabilizarse un poco, pero los episodios de psicosis aún aparecían de la nada.
En cuanto a Clemente, terminó pagando un precio carísimo por su error. Aquella agresión en su mano lo incapacitó para sostener un bisturí por el resto de sus días.
Así fue como decidió pedir su jubilación anticipada y aislarse para cuidar la frágil salud mental de su mujer. Para él, aquella aventura amorosa no había significado absolutamente nada. Fue solo un capricho pasajero producto de la monotonía.
Había caído en la misma tentación en la que sucumbían tantos hombres. Pero en el fondo de su corazón, él sabía a la perfección que la única mujer a la que amaba de verdad era su esposa.
Consciente del infierno al que la había condenado, él estaba dispuesto a dedicarle cada segundo de su existencia para intentar redimirse.
Aquel oscuro episodio se había clavado como una espina venenosa entre ambos. Se lastimaban mutuamente con su sola presencia, pero ninguno de los dos estaba dispuesto a soltar la mano del otro.
Amanda pensó que, para Belén, por más que la confianza se hubiera roto y fuera imposible que las cosas volvieran a ser como antes, el divorcio simplemente no era una opción en su cabeza.
Al escuchar todo esto, Clemente no tuvo valor de mirarla y bajó la cabeza lleno de vergüenza.
Belén la acompañó hasta el umbral de la puerta.
—Señorita Solano... si en verdad quieres que operen a tu abuela, hay alguien más que podría lograrlo.
Al oír eso, los ojos oscuros de Amanda recobraron el brillo.
—¿De verdad? Dígame quién, por favor.
Se hizo un momento de silencio.
Después de unos instantes más de conversación, Amanda por fin abrió la verja del patio y se marchó. El cielo seguía teñido de un gris brumoso y el aire estaba cargado de humedad, haciendo que el camino de tierra estuviera traicioneramente resbaladizo.
Sin embargo, al levantar la vista por casualidad, su corazón dio un vuelco. A escasos metros de distancia, bajo la tenue llovizna, reconoció la inconfundible silueta de un hombre.
Llevaba en la mano un enorme paraguas negro y caminaba a paso lento y seguro, dirigiéndose directamente hacia ella.

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