Clarisa mordía su labio con fuerza, saboreando el amargo gusto de sangre mientras asentía mecánicamente.
¡Celi estará bien!
¡Tiene que estarlo!
Pero en el fondo, ella sabía que no había parte más peligrosa que la cabeza. Ahí no se puede jugar.
De pronto, alguien gritó que la ambulancia había llegado y Raimundo levantó en brazos a Celeste.
Clarisa se puso de pie, pero su visión se oscureció y tambaleó.
Sintió detrás de sí unos brazos conocidos envolviéndola, una mano grande y firme en su cintura, sujetándola con fuerza para estabilizarla.
Pero lo que solía ser un abrazo cálido y reconfortante, ahora se sentía como si estuviera lleno de espinas, causándole dolor en todo el cuerpo.
"¡No me toques!"
La mirada de Clarisa destilaba repulsión al zafarse y apresurarse para seguir adelante.
Pero el largo velo de su vestido de novia se enredó en sus pies, tropezando.
Serafín la sujetó de nuevo, esta vez con más fuerza, y dijo con voz grave.
"Te llevo yo."
Pero Clarisa no estaba dispuesta, se liberó con fuerza, se agachó, agarró la cola de su vestido y tiró de ella con fuerza.
¡Ras!
El sonido del tejido rasgándose resonó, como si estuviera justo al lado de Serafín.
En ese momento, sintió que lo que ella quería desgarrar era su corazón.
Sin embargo, cuando Clarisa levantó la mirada hacia él, sus ojos estaban fríos y vacíos.
Dijo: "Serafín, catorce años de bondad y amor loco, hoy terminan aquí, como este vestido, en un corte limpio."
El desgarro también lastimó la mano de Clarisa, manchándola de sangre.
Sus labios pálidos, igualmente heridos, tintineaban de rojo.
Serafín lo veía todo, con una tormenta de emociones en su mirada, casi queriendo quemarlo todo.
Pero Clarisa solo lo miró directamente una vez antes de dejar caer el trozo de tela a sus pies y correr escaleras abajo tras Raimundo.

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