Clarisa, con las manos temblando y la voz quebrada, parecía incapaz de tocar a Celeste, como si temiera hacerla añicos.
"¡Necesita ayuda! ¿Puede alguien ayudarla...?"
Todo a su alrededor se tornó borroso, como sombras vacías flotando ante sus ojos, excepto por el brillante rojo bajo Celeste, tan vívido, tan profundo.
Era su culpa, todo por su culpa.
A pesar de saber que era un error, había insistido en celebrar esa condenada boda, había sido ella quien llevó a Celeste a esto.
"Clarita..."
Serafín no entendía qué había pasado, pero al ver a Celeste inconsciente y bañada en sangre, y a Clarisa allí sentada, temblando de desesperación, su corazón se apretó como si una garra invisible lo estrujara, dificultando su respiración.
Sin pensar, llamó a Clarisa, pero ella parecía no escuchar.
En medio de su pánico, Serafín sabía una cosa con claridad: ¡Celeste tenía que sobrevivir! Si algo le pasaba, él y Clarisa estarían acabados.
Desesperado, se arrodilló y rápidamente tomó la cabeza de Celeste, tratando de detener la hemorragia.
"¡Llamen a un doctor, ya!"
Al mismo tiempo, gritó al gerente del hotel, quien, recuperando la compostura, corrió a buscar ayuda.
"Clarita, no tengas miedo. El doctor y la ambulancia están en camino..."
Intentó tranquilizar a Clarisa, pero cuando ella finalmente lo reconoció, lo miró con una mezcla de repulsión y frialdad que lo atravesó como agujas.

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