Serafín Cisneros regresó a la Residencia Paradiso cuando la noche ya se había asentado profundamente.
Habían pasado dos días y dos noches desde que Clarisa Marín se marchó, y Serafín, agotado de pies a cabeza, apenas bajó del carro cuando, sorprendido, notó que las luces de la villa estaban encendidas.
Serafín se estremeció, sus puños se cerraron de golpe.
Sus ojos, opacos de cansancio, parecieron por un momento perderse entre las estrellas. Apresuró el paso, que pronto se convirtió en una carrera, y empujó la puerta de entrada.
La sala estaba brillantemente iluminada, pero no había nadie.
Justo cuando Serafín iba a subir corriendo las escaleras, escuchó ruidos provenientes de la cocina.
Se detuvo un momento, y rápidamente se dirigió hacia allá.
Al llegar a la entrada de la cocina, vio una figura delgada de pie frente al mostrador. La luz tenue y amarillenta de la cocina envolvía suavemente a la mujer.
Su cabello largo caía, balanceándose en un halo suave y brillante.
Por un instante, Serafín se sintió aturdido e incrédulo, con un calor intenso en sus ojos y una voz ronca hasta el extremo.
"Mi amor..."
Pero su voz alarmó a la figura ocupada, que giró su cabeza, sonriendo radiante.
Ante los ojos de Serafín, todo pareció desvanecerse como burbujas al viento, deshaciéndose por completo.
Una claridad repentina cruzó su mirada, y un inmenso torbellino de decepción y frustración engulló su corazón.
No era Clarisa.
Era Estela Blanco.
Claro, la mujer que se había marchado con tantos cálculos, ¿cómo podría haber cambiado de opinión tan repentinamente y regresar a su hogar?
"Serafín, lo siento, ¿te... te molesto?"
Estela preguntó con inseguridad.
Serafín se recompuso al instante, extendiendo la mano para encender la luz principal.


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