Al colgar el teléfono, el hombre se giró, barrido la habitación con la mirada poco a poco.
Rosalba había dicho que las cosas de Clarisa aún estaban allí, y era cierto.
Un chal de cachemira que ella había usado todavía yacía sobre el sofá, y en la mesa de maquillaje estaban sus pertenencias habituales.
Serafín se acercó, abrió la caja de joyería sobre la mesa de maquillaje, donde estaban ordenadamente colocados los aretes de gardenia, sus anillos de matrimonio y el collar de diamantes rosas que recientemente le había regalado.
Ella no se había llevado nada.
Celeste Corral dijo que esas cosas no eran lo que Clarisa quería, pero tenerlas allí frente a él era como un bofetón silencioso en el rostro de Serafín.
Tomó los aretes, y sin querer manchó uno con sangre.
Un pánico se apoderó de Serafín mientras tocaba el arete.
Intentó limpiar aquella mancha de sangre, pero solo lograba que se esparciera más, imposible de limpiar.
Era como su relación, ya cubierta de grietas.
Por primera vez en su vida, Serafín se sentía completamente inseguro sobre algo, dudando si una relación rota podría alguna vez repararse.
"Clarita, ¿has decidido que esta relación no tiene salvación, que en tu corazón ya me has condenado a muerte?
Entonces, ¿todo esto lo has abandonado tan fácilmente? Incluyéndome a mí..."
Serafín murmuraba burlonamente, pero no había respuesta.
El silencio era la mejor respuesta.
Agarró el arete, sintiendo como si le quebraran la espalda, doblando poco a poco.
En los días siguientes, Serafín continuó con su rutina laboral como siempre.

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