Cuando Clarisa escuchó sus instrucciones, suspiró aliviada y sin poder controlarse, sus lágrimas volvieron a caer.
El espacio del auto era limitado y el chofer ni se atrevía a respirar fuerte.
Aunque Clarisa no quería llorar en voz alta, los sollozos seguían llegando en oleadas.
Serafín, con el ceño fruncido y una mirada de fastidio, volteó hacia ella y dijo, "Clarisa, si sigues llorando, me retracto."
Si no se van, ella llora.
Si se van, también llora.
¿No será que está llorando de felicidad?
El rostro hermoso de Serafín se oscureció de repente cuando pensó en esa posibilidad.
La mano que descansaba en su rodilla se cerró en un puño, produciendo un leve crujido.
Clarisa se asustó tanto que sus lágrimas se detuvieron. Parpadeó con sus ojos rojos, encogiéndose como un conejito asustado junto a la ventana del auto.
"No te enojes, ya no estoy llorando."
Su voz sonaba como si estuviera resoplando, y Serafín, con un enojo inexplicable atascado en su pecho, no podía expresarlo.
Con un sonido de enojo, pensó, ¿eso es estar enojado?
Criatura sin corazón, nunca ha visto su verdadero enojo.
Serafín cerró los ojos, como si mirarla una vez más fuera demasiado molesto.
Clarisa exhaló y sacó un pañuelo de papel para limpiarse la cara. Luego, a escondidas, sacó un espejo para ver su reflejo.
Al ver sus ojos rojos en el espejo y lucir un poco desaliñada, su expresión se tornó frustrada.
Eso era muy diferente al divorcio que ella se había imaginado.
Cuando se casaron, no fue una gran celebración, nada maravilloso. Había pensado que al divorciarse, debería tomárselo en serio, arreglarse bien y afrontarlo con dignidad y gracia.
Sin embargo, las cosas no salieron como esperaba...
Clarisa suspiró en silencio y comenzó a arreglarse el cabello frente al espejo.
Serafín, con los ojos entrecerrados, escuchó su teléfono sonar. Al abrir los ojos, vio a Clarisa arreglándose frente al espejo.
Si él respondía, y luego el presidente le echaba la culpa del divorcio, ¿qué futuro le esperaría?
Y si pensaba que tal vez el presidente tenía el altavoz activado y en realidad estaba siendo presionado por su esposa, esperando una excusa para bajar...
Como asistente, si no entendía la situación y causaba que el Sr. Cisneros se divorciara de verdad, entonces tendría que pagar con su vida.
En cuestión de segundos, Urías había pasado por una tormenta mental.
Sosteniendo el teléfono con las manos sudorosas, gritó.
"¿Hola? ¿Hola? ¿Qué dijo, Sr. Cisneros? La señal es mala aquí, ¿hola...?"
Bajo una presión enorme, Urías alejó el teléfono y colgó.
El auto estaba en silencio; la voz de Urías había sido tan fuerte que hasta Clarisa la había escuchado.
Clarisa temía otro contratiempo; sospechaba que Serafín le había dado una señal secreta a Urías para que hiciera ese truco.
Miró a Serafín con duda y sospecha, y con el ceño fruncido dijo: "El secretario Urías no está de viaje en ninguna montaña remota, ¿cómo puede tener mala señal? Si tus documentos están en la casa vieja, ¿por qué no llamo al chofer para que los traiga? O podríamos regresar a la casa a buscarlos, aún queda tiempo..."

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Cásate conmigo de nuevo!