"¿Estás segura de que puedes hacer una transferencia de treinta millones?"
Clarisa se quedó en silencio por un rato, sabía que había un límite diario para las transferencias y para mover esa cantidad de una sola vez necesitaba haberlo solicitado con anticipación en el banco, algo que no había hecho.
Irritada dijo: "Entonces manda al chofer al banco, y yo voy a reponer la tarjeta ahora mismo."
"No tengo tiempo para estar esperando que tú hagas eso."
Clarisa finalmente lo vio todo claro, Serafín solo estaba ganando tiempo, nunca tuvo la intención de aceptar esos treinta millones, ni mucho menos de divorciarse de ella.
De pronto se sintió una tonta, como si hubiera estado ocupada todo el mes solo para ser manipulada por él.
Los ojos se le llenaron de lágrimas, "Serafín, ¿estás jugando conmigo cierto? ¿Nunca pensaste dejarme ir, verdad? Lo habíamos acordado, hasta firmaste el acuerdo de divorcio, ¿cómo puedes ser tan sinvergüenza, cómo puedes hacer esto?"
Ya había llorado antes, y entonces sus ojos se volvieron rojos y se hincharon, mostrando manchas de sangre.
Serafín miró esos ojos llenos de furia y desesperación, y sintió como si una mano de hierro apretara su corazón, causándole un dolor que casi no le permitía respirar.
Desvió la mirada, evitando esos ojos, y se acomodó la corbata antes de hablar.
"¿Es por Raimundo que deseas tanto el divorcio?"
Clarisa respondió con enojo: "¡No metas a Rai en esto! ¿Crees que todos son como Zaira, desvergonzados y metidos? ¡Por favor!"
Viendo cómo defendía a Raimundo y recordando cómo había llorado escondida bajo su abrigo, sintió palpitar una vena en su frente.
De repente, tomó a Clarisa por la cintura y la atrajo hacia él.
Mirándola fijamente dijo, "¿Te pones así de tensa solo al mencionarlo? ¿Y dices que no es por él?"
Clarisa soltó una risa amarga mientras sus lágrimas caían una tras otra.
"Así que no solo me desprecias, sino que también piensas que soy una mujer fácil y deshonesta, sin moral, como Tania dijo."
"Si ya no nos queda ni la más mínima confianza, seguir juntos solo sería torturarnos mutuamente, Sefy, por favor, déjame ir. ¿Podrías tener un último gesto de cariño hacia mí, tu hermana?"
Serafín abrió sus ojos, su mirada era inestable, como si estuviera cubierta por mil capas de niebla, imposible de descifrar.
Ella siempre había sido inteligente, hábil para entender a las personas y saber cómo impactarlo, cómo hacerlo ceder.
De repente, Serafín soltó la cintura de Clarisa y dijo con frialdad.
"Clarisa, una vez te divorcies y te vayas del país, es mejor que ya no vuelvas".
Clarisa bajó la cabeza, sus lágrimas caían mientras trataba de contener los sollozos. Se levantó lentamente de sus brazos y se sentó a un lado, asintiendo con un débil "sí".
"Vamos al registro civil."
La voz del hombre a su lado sonaba fría y distante, dándole la última instrucción.

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